“Cambié mi destino” – Gabriel Hereñú

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Nací en 1968 en Moreno, provincia de Buenos Aires, en el barrio Lomas de San José. Hijo de don Antonio Hereñú y María Hollman, crecí en una familia en situación de vulneración de derechos. Sabemos que deja marcas; escaseaban los alimentos, las ropas, los afectos, sumado al padecimiento psicológico padecido en la infancia. Allí viví mis primeros años, en una casilla de madera, piso de tierra.

Como sabemos, la identidad, nuestra subjetividad, lo que pensamos, sentimos y hacemos son una construcción grupal. Son esos vínculos, el espacio donde nacemos y nos criamos; el país, la provincia, la localidad y la casa nos estructuran, no es lo mismo nacer en el conurbano, Córdoba, Brasil o Estados Unidos. Otro de los condicionantes que a veces no se pueden cambiar y son determinantes es la clase social en la que nacemos. No es lo mismo haber nacido en los sectores populares, en la clase media o en la clase alta, y esto deja un impacto en el psiquismo, una indefensión aprendida a la hora de participar en todas las instituciones y poder ascender socialmente, dado que les cuesta mucho más a los sectores vulnerables porque comienzan mucho más atrás que el resto.

Nadie nace lo que es, crecemos como los árboles, de afuera hacia adentro, todo es una construcción.

Pero, a partir de tomar la decisión de construir un destino distinto, sin renegar de donde salí, busqué con quiénes y cómo, renuncié a aquel trabajo que, por cuestiones horarias no me permitía estudiar, conseguí uno nuevo con mayor libertad horaria y comencé a los 24 años la escuela secundaria. Luego, estudié tres carreras terciarias: Técnico Superior en Promoción Sociocultural y Comunitario, Técnico Superior en Producción de Audiovisuales, Radio y Espectáculos en ETER, donde Eduardo Aliverti me otorgó una beca completa que había solicitado contando de dónde venía y para qué deseaba estudiar comunicación, y luego Psicología Social en la escuela de Alfredo Moffatt, un maestro que con su método y teoría impactó sobre mi subjetividad como autor y me ayudó a comprender mi pasado y qué podía hacer con él. También realicé una especialización en el SEDRONAR como Operador Socioterapéutico en Consumos Problemáticos.

Cambié mi destino y lo pude hacer con otros, dado que nadie puede solo. Hoy soy autor de estas vivencias hechas metáforas que describen el camino que me trajo hasta aquí.


Lo toxico,

Hay algo que es “venenoso”,

que puede causar trastornos a través de un efecto químico,

Se nombra mucho esta palabra en estos tiempos,

Vínculos tóxicos,

¡Viste que toxico que es el, ella, aquel,

Lo toxico

Es ese efecto químico que nos produce un otro,

Cada uno donde dice otro, puede ponerle nombre,

Es ese afuera que se nos presenta y nosotros no podemos limitar,

Lo toxico es todo aquello que aparece exagerado,

Que nos invade, puede ser un vínculo con un otro,

Que cada vez que nos encontramos nos asedia con lo que es,

Nos inunda con toda una energía negativa que afecta la nuestra,

Se lo vive como algo que se hace imposible de tolerar,

Podríamos decir que hay algo que no se puede equilibrar,

Es la compulsión de alguien hacia nuestra interioridad,

no hay punto medio, por que hay algo de nosotros que está allí implicado,

también lo necesitamos, aunque nos produzca toxicidad,

Pero allí estamos, soportando y dándonos una dosis constante,

Lo toxico

somos todos consumidores en una sociedad de consumos,

puede ser alcohol, psicofármacos, cigarrillo, marihuana, merca, mate, café o agua, alimentos, tecnología, esa pareja, jefe, jefa, amigo, amiga o familiar, etc.

Hay un cambio que no empezó ahora a nivel mundial,

La supremacía del mercado como lógica vincular,

Este no soporta los límites, quiere más y más,

Quiere siempre acumular,

Hace que el estado se reduzca en principio de organicidad,

La velocidad de la tecnología modifico nuestra subjetividad,

Inestabilizo lo que creíamos que era verdad,

Es por eso que buscamos llenar el vacío existencial,

Quedamos como niñez abandonados que necesitan una presencia,

Que ya no está,

esto produce un sinsentido,

por eso dios es una mercancía,

todos le oramos al consumo que es la nueva fe,

que son todos los objetos que se producen y ofrecen,

que al consumirlos nos equilibran, nos dan placer,

nos calman y nos dan compañía momentánea,

pero al no poder determinar la dosis saludable nos envenenan,

también puede ser una sustancia legal y no, son lo mismo,

solo que algunos le cambian el valor por una cuestión moral,

que nos afectan de una forma problemática,

Lo toxico

el malestar que nos produce hace que busquemos más y más,

de eso que recibimos que profundiza y agudiza el malestar,

parece complejo,

pero lo cierto es que el sistema se entrama en nuestra vida cotidiana,

nosotros tenemos la potencia para limitarlo,

implica advertirse de lo que nos pasa y que podemos hacer con eso,

es ese afuera que nos intentan conquistar,

con lógicas de marketing,

que nos dicen que si consumimos seremos,

sino quedaremos por fuera,

nuestra otredad es nuestro cuerpo, mente y espiritualidad,

podemos no permitirles a esos objetos, u otres ingresar,

esto implica aprender a decir no,

es un límite entre lo que nosotros somos y eso que quieren que seamos los demás,

nuestra interioridad es de nuestro dominio,

allí no hay que permitir que ingrese eso que nos hace mal.

Gabriel Hereñú Hollman

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