El consumo edificante de la locura ajena

8
1238

A partir de la serie británica Baby Reindeer, Macarena Marey reflexiona sobre una de las dimensiones más perversas del cuerdismo y de la antilocura en la cultura.

No suelo ver las series de moda, no por snob sino por falta de tiempo y de energía para hacerlo, pero cada tanto consigo ver alguna de ellas. Esta vez conseguí ver Baby Reindeer, el más reciente éxito masivo de Netflix. No suelo, tampoco, escribir sobre productos de la industria cultural o sobre cultura en general. Este texto no es sobre la serie en cuestión. Es un texto sobre una de las dimensiones más perversas del cuerdismo y de la antilocura de nuestras culturas actuales: su explotación como recurso estético edificante. También es, pero en segundo plano, un texto sobre la obsolescencia de los relatos del mundo centrados en la perspectiva acrítica del agente tradicional de la banalidad del mal, el tipo blanco mediocre que destruye todo a su paso, incluyéndose (momentáneamente) a sí mismo, en busca de un futuro confuso e inasible para el que no tiene ni la preparación ni el talento.  

Donny tiene casi treinta años y trabaja en un bar londinense mientras espera que su carrera como comediante despegue mágicamente. Como comediante es malo, está pasado de moda, su humor es ingenuo, no tiene carisma; en fin, un despropósito absoluto. No da ni risa ni vergüenza ajena, genera indiferencia. Donny vive gratis en la casona de la madre de su ex, una mujer negra que perdió un hijo. Un día Martha, una mujer de cuarenta y dos años, gorda (hay bastante gordofobia en la serie) y visiblemente loca, entra en el bar. Él siente pena por ella y le ofrece una taza de té –gratis, porque ella no puede pagar. A ella le cambia la expresión con este gesto mínimo de atención y ahí comienza el relato. Martha tiene historias previas de acoso y hostigamiento y Donny se convierte en su “víctima”. La serie tiene siete capítulos. En el cuarto nos enteramos de que Donny fue violado por un escritor de comedia consagrado que le hizo grooming fingiendo ayudarlo a que su carrera despegue. Donny también se enamora de una mujer trans bellísima, inteligente, elegante y exitosa (personalmente no me parece verosímil que ella le preste atención a él, pero concedamos) y sin embargo a él le da vergüenza que lo vean en público con ella. 

La relación entre Donny y Martha no es una relación acosado-acosadora. Donny alienta el apego de Martha y sabe perfectamente lo que está haciendo. Él no tiene nada en claro en su vida, salvo que está promoviendo la relación con Martha. Al principio, él siente pena por ella, pero esa pena se transforma casi instantáneamente en una mezcla de necesidad y fascinación. A diferencia de Martha, Donny no está loco ni se vuelve loco en ningún momento de la serie. Es un fracasado que tiene muy poca conciencia de su falta de talento y de su propia sexualidad, lo que le genera diferentes malestares y “síntomas”. Tal es la fragilidad de la constitución de su subjetividad que estos deseos le dan culpa y tal es la incapacidad del propio autor del guión para detectar la represión injustificada de la pansexualidad del personaje que no sólo la confunde con homosexualidad, sino que además atribuye su causa a que fue víctima de una violación por parte de un hombre cis1. Todo el mundo puede estar confundido con cuestiones de sexualidad, pero ¿hasta al punto de reproducir acríticamente en una serie masiva el relato homofóbico, psicologicista y patologizante de que la homosexualidad y la pansexualidad son producto de un trauma sexual? (¿En serio nadie le dijo al autor “che, me parece que no da”?).  

Se sugiere al pasar en la serie que la ex novia y la actual novia del protagonista (ambas hermosísimas, centradas, talentosas) tienen estudios en psicología. Sin embargo, ninguna recomienda ni inicia acciones concretas de cuidado hacia Martha, aunque sí aplican su saber y su cuidado para con Donny. Entre las mujeres no hay ninguna solidaridad. En este cuento de un príncipe en apuros, las mujeres sólo están para rescatarlo. Incluso Martha, la acosadora, cumple un rol salvífico: es ella quien cataliza su reconocimiento público de la violación y de cómo esta afectó su vida. Insisto con este punto: dos mujeres negras le dan acogida gratuita en su hogar. Una mujer trans le da amor y conciencia sobre varios aspectos de sí mismo, a pesar de que él le miente, la deja plantada y la oculta. Otra mujer, la loca, le presta la atención que más desea: la de su risa. Pero él no da nada más que “una taza de té”. No les da nada, tampoco, a las demás mujeres que lo rodean. Donny vino a este mundo a recibir.    

***

Terminé de ver la serie sólo para que el final me refutara mi primera sensación. Pero no. Esperé en vano saber más de Martha, saber por qué está tan sola y sin red. Esperé en vano un desenfoque del relato, pero toda la historia es centrípeta. Las mujeres de esta historia se desdibujan en la involución centrípeta de la serie hasta quedar como manchones, líneas de contornos borrosos cuya presencia sólo importa para contarnos un relato confuso sobre la confusión de un hombre común más. 

Yo no pienso que tengamos que cancelar los cuentos sobre tipos blancos de clase media: el problema grave es que la cultura occidental ya está saturada de estos personajes. ¿Queda algo mínimamente interesante que decir sobre ellos? ¿A quiénes les interesan estas vidas más que a ellos mismos? ¿Por qué toleramos su modo de percibir el mundo y que nos hagan ver sus melodramas sin verlos pasar por una mínima anagnórisis2 crítica? 

Donny es como la mayor parte de los hombres blancos cissexuales que no experimentaron carencias profundas ancladas en injusticias y opresiones estructurales ni en violencias graves en sus infancias. Es un tipo cuya vida no tiene ningún interés narrativo hasta que es violado. Pero el guionista no sabe qué hacer con ese evento porque no sabe leerlo de otro modo que como un drama personal e íntimo. El gran giro de la serie es la salida del placar de Donny que se da junto con la denuncia pública de su violación en la final de un concurso de comedia que acompaña el avance de los capítulos. Donny finalmente se quiebra, deja de intentar hacer reír a un público impasible, toma el micrófono y cuenta su historia. Alguien en el público filma la escena y el video se viraliza. Cuando se viraliza el espectáculo de su vulnerabilidad, Donny progresa en la vida, recupera algo de control sobre ella, tiene algo de éxito. Pero la violación no parece importar demasiado ya: el violador no es denunciado, nadie le pregunta siquiera su nombre. Donny seguirá siendo un mediocre y al hacer pública su historia la capitaliza. Se trata de ganar en la vida como en la puja entre acosadores afectivos que se despliega entre Donny y Martha.

No tenemos indicios en la serie para pensar que su infancia y adolescencia hayan sido duras. Su madre y su padre lo aceptan instantáneamente cuando él sale del placar y les cuenta que fue violado. El padre lo abraza por primera vez. El homofóbico, al final, era él, Donny. Pero esto lo podemos saber desde afuera. El guionista no lo sabe. No lo percibe y percibimos cómo no lo percibe. Asistimos continuamente a una historia de ignorancia voluntaria. Donny llama “confesión” a su denuncia y a su salida del placar. 

Finalmente, Donny consigue que Martha vaya presa, aunque sabe perfectamente que él es partícipe de la rápida aceleración de sus “síntomas”. Martha no es su victimaria. El juego de espejos de la trama es que a pesar de que claramente Donny no es culpable de haber sido violado por Darren (como nadie es culpable de serlo), él igual siente esa culpa y nadie, cuando por fin puede articularlo, hace nada al respecto. Al pasar en un momento de la serie la voz en off de Donny piensa en la ironía de denunciarla a ella y no a su violador.  

***

La solidaridad es recíproca. La compasión es unilateral. Darle una taza de té a una persona que llora puede abrir un mundo de amparo o un mundo de solipsismo, depende de la mano que la prepara y la extiende. La circularidad está implicada de manera torpe por la analogía entre la primera y la última escena. Pero son escenas diferentes porque quienes extienden la oferta de una bebida a cuenta de la casa ofrecen de maneras diferentes. 

Las personas no actuamos mal o bien porque hemos vivido o dejado de vivir ciertas experiencias traumáticas. Las personas humanas actuamos bien, mal o regular porque vivimos en sistemas complejos de entramados de dominaciones, opresiones y explotaciones que nos hacen víctimas y, al mismo tiempo, victimarios, y en los dos casos agentes libres. Una persona loca no es ni buena ni mala por ser loca. Una persona cuerda tampoco. Una identidad no es garantía de nada porque una identidad no reemplaza la agencia y la praxis humana. La agencia no es espontánea, se da en condiciones materiales (lo que incluye las condiciones simbólicas) determinadas, pero no por esto es menos agencia. No existe la agencia humana por fuera de unas condiciones específicas, son las coordenadas dentro de las cuales actuamos y que le dan orientación a nuestras acciones. En Piel negra, máscaras blancas, Frantz Fanon propuso que para explicar los malestares de la salud mental teníamos que recurrir a la sociogénesis3 en lugar de la ontogénesis4 freudiana. Para desmantelar algunos (muchos) malestares necesitamos desmantelar los sistemas de opresión que los generan. No hay algo así como una cura individual de la locura, de los complejos de inferioridad, de la culpa. Mirar nuestra psiquis y nuestra biografía no alcanza para superar el malestar. Tenemos que mirar a las otras personas. Esto es válido para oprimidos y para opresores, porque el opresor también tiene sus complejos y sus malestares.

Kant se equivocó en muchas cosas pero hay algo en lo que tuvo mucha razón. El mal radical, creía Kant, es el solipsismo5 moral, no poder concebir a las otras personas como subjetividades, como agentes, como personas morales, como fines en sí mismos. Benjamin tiene un texto maravilloso que escribió en su juventud, “Erfahrung” (“Experiencia”). Es un texto muy breve y termina sugiriendo una diferencia fundamental entre tener vivencias sólo de uno mismo al final del camino, la actitud del filisteo nietzscheano, y vivenciar a las demás personas también. La primera actitud carece de espíritu, la segunda es la vivencia del espíritu porque es la vivencia de las demás subjetividades. Una no sale de sí misma, la otra se constituye junto con las demás. Claro que la segunda manera de vivir genera más malestar. Pero como decía Adorno, no hay vida correcta en la falsedad.

La serie explota la equiparación cuerdista de la locura con la maldad. Esta equiparación tiene como contracara, o incluso como propósito, la justificación de la maldad sana, un simple producto excusable del trauma. El cuerdismo y la antilocura son modos de exculpar la maldad de la banalidad de la gente cuerda, de los sanos. Quienes conocemos la locura hemos escuchado muchas veces esa frasecita de mierda “todo está en tu cabeza”. Y en efecto, lo que nos tortura es la cabeza, el hecho de que estas cabezas nuestras en particular existan no en el vacío sino en este mundo insoportable. Pero hay otro sentido, esta vez sí muy adecuadamente negativo, de “todo está en tu cabeza” que podemos usar como reproche. Las injusticias proliferan en gran medida porque somos solipsistas morales que nos metemos tanto en nuestras propias cabezas que olvidamos que existen otras subjetividades. Pensamos la locura como alienación no porque le demos un valor especialmente alto a la autonomía racional sino porque no queremos reconocer que la cordura, que es lo que más queremos que nos defina, es al mismo tiempo la verdadera autora de los desquicios más aterradores (los genocidios, la esclavitud, las bombas atómicas, la violación, la violencia de género, racial, contra las infancias y las ancianidades, contra los animales no humanos, la explotación).

En general no sabemos bien qué hacer con la locura ajena. Nos cuesta relacionarnos de igual a igual con personas como Martha. Nos cuesta acompañar a alguien que no puede cambiar de tema de conversación desde hace meses, alguien que nos presenta una fábula sobre su vida, que tiene ideación suicida, que está eufórica, maníaca, deprimida, paranoica, delirante, desregulada, desinhibida, internada, empastillada. Nos cuesta por muchos motivos y yo pienso que el principal es que nadie nos enseñó cómo. No sólo no sabemos, tampoco podemos hacerlo sin desagenciar a las personas que están eufóricas, maníacas, deprimidas, paranoicas, delirantes, desreguladas, desinhibidas, internadas, empastilladas, incluso cuando también hemos sido o somos personas eufóricas, maníacas, deprimidas, paranoicas, delirantes, desreguladas, desinhibidas, internadas, empastilladas. Créanme en esto último. La compasión, la repulsión y el miedo a la locura son formas de negarles a las otras personas su propia condición de sujetos. Estas emociones son sentimientos solipsistas de alguien que sólo puede percibirse a sí mismo. Yo prefiero enloquecer de malestar por sentir a las demás personas excesivamente. 

Macarena Marey

  1. Cis: Palabra corta para Cisgénero que hace referencia a una persona cuya identidad de género y sexo asignado al nacer coinciden. ↩︎
  2. Anagnórisis: Significa “reconocimiento” en griego y se usa para referirse al momento de un relato, obra de teatro, novela, etc., en el que el o la protagonista reconocen una verdad profunda que venían ignorando. El ejemplo más clásico es cuando Edipo descubre que mató a su padre y se acostó con su madre, en la obra Edipo Rey de Sófocles. ↩︎
  3. Sociogénesis: Esta palabra es usada por Frantz Fanon (1925-1961) para explicar que los malestares y complejos de las personas tienen una génesis social que no se explica solamente por la biografía individual.  ↩︎
  4. Ontogénesis: Esta palabra remite a la idea de que los malestares sólo se explican por la biografía de una persona, sin tener en cuenta el contexto social, económico y político en el que vive. ↩︎
  5. Solipsismo: es un término de la filosofía. Indica la creencia de que una persona sólo puede conocer que existe ella misma y su conciencia y nada más del mundo, incluyendo a las demás personas. Indica también la creencia de que todo lo que una persona percibe es producto de su yo, incluyendo también a las demás personas.  ↩︎

“Locura en Argentina” publica a un grupo muy diverso de personas que escriben. Estas publicaciones buscan promover en los comentarios un foro público para el debate de ideas sobre las artes, la cultura loca, la salud y la diversidad mental. Las opiniones expresadas en las publicaciones no son las de “Locura en Argentina”, sino las de sus autores. Entonces, ¡bienvenido el debate!

8 COMMENTS

  1. Muchos productos culturales del Reino Unido, como de los Estados Unidos, son antipsicoticos. La idea original de la serie es buena, pero la producción para Netflix claramente apunta a estrategias de marketing para captar el “nicho de consumo” relacionado con la neurodiversidad y diversidad sexual. En definitiva es consumo de un producto audiovisual antipsicotico.

  2. Haigh
    Can you explain ‘cuerdista’ por favor?
    Also you state at the end that “compassion, repulsion and fear of madness are ways of denying other people their own status as subjects”.
    Can you explain this sentence in relation to compassion por favor?
    I had always thought that compassion was a positive thing, a good thing. Graçias!

  3. Cuerdista es parecido de sanitarismo. En ingles se escribe “sanism”. El cuerdismo es un sistema de opresión de las personas cuerdas, normales y racionales contra las personas locas, anormales e irracionales.
    Ojalá Macarena Marey, vea la publicación con la pregunta sobre la compasión, que es muy interesante.

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here