La era del confort idiota.

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En este ensayo Bernabé De Vinsenci reflexiona sobre qué pasa en los cuerpos cuando una sociedad se vuelve un manicomio.

No hace falta una literatura de ciencia ficción cuando el mundo es un espectáculo de ciencia ficción. Es casi imposible imaginar la consumación planetaria porque, a pesar de una minoría esperanzada, somos la tracción de esa consumación. Aunque nos pese, nos sentimos holgados. Lo que genera vida, o eso que creemos vida, el confort de sentirnos vivos, al mismo tiempo nos inyecta dosis mortíferas. Poco o nada nos damos cuenta de que el placer es absoluto y poco o nada importa, también, si el timón es de salvación o perdición.

Ganar las calles no es una urgencia, salvo cuando se tratan de situaciones límites o fechas especiales. Pasamos de la sociedad disciplinar y de control, a una manicomial: nuestras casas, departamentos o monoambientes son asilos. Asilos donde inclusive conviviendo dos personas, o más, a veces es estéril pensar la idea de vínculo, de dar tiempo al encuentro o a compartir. Cuerpos desparramados en sillones, cansados, tendidos en camas, o hipnotizados por dispositivos de entretenimientos. Las exigencias laborales, por otra parte, anulan la idea de habitabilidad. Cuando intentamos la habitabilidad se nos vuelve hostil. Hay algo de esa “habitabilidad” y de la “utilidad” que se desdibujan. Pocas veces habitamos nuestras casas, y mayormente nos resultan útiles (más allá de dormir, comer, asearse) lejos de propósitos propios y de deseos, sino como la demanda de útil de un Call-Center estimulados por y para la interacción virtual. 

Estamos “depositados” en nuestras casas con o sin confort pero aislados de un mundo que es cada vez menos prometedor. Como si el mundo real, material se hubiera agrietado. Las discusiones suceden lejos del ágora, de los espacios públicos, lo que resulta así que las redes con la hiper-agresividad acaban generando desgano, apatía, tristeza, y la idea de que no es posible hacer nada y de que vivir no es sino a través de las exigencias. Como si la presión fuera lo contrario a dejarse morir.

Es más fácil insultar en redes que en persona, por ejemplo. Es más fácil opinar en redes que en espacios de opinión. La satisfacción de publicar un evento produce más confort, más atracción y mayor ilusión que ir, por ejemplo, al evento mismo. Quizás nos desliguemos después de haber promocionado el evento. O inventemos alguna excusa para no ir.

Así las calles van quedando a merced de un tráfico acelerado que circula bajo obligación (a menudo violento) y señales de tránsitos irrespetables, mientras que el espacio de ocio, del encuentro o de alojamiento resulta un residuo: es más disfrutable una foto de una plaza de París o de Asia, cualquier lugar lejos e inalcanzable, que ir a las plazas del barrio. Es más disfrutable financiar un viaje a París y, una vez en París, gozar de las fotos que podamos clickear o de las selfies que podamos sacarnos en la Torre Eiffel que la presencia de la Torre Eiffel. 

Si el consumidor antes tenía una tienda online, la cual los productos le llegaban vía encomienda, ahora puede visualizar la urbe y las plazas desde el ciberespacio y habitarlo sin siquiera moverse. Lo que hace que las personas se replieguen a un buen sillón, a un buen Smart o a un Iphone último modelo.

Se da por satisfecho que “likear”, “me gustar”, con las variables de opiniones, insultos o alabanzas, se termine en un efecto rebote. Con el efecto rebote la acción de navegar, rescatar datos, dar opiniones genera la sensación de cierta “responsabilidad cívica”. Al menos así se siente cuando se “comparte”, “likea”, o emiten comentarios u opiniones, o réplicas de información. Como si la persona con “navegar”, y la secuencia de aperitivos tecnológicos, se diera por hecha, realizada.

La nueva “responsabilidad cívica” es la de un discurso residual: una montaña de palabras, imágenes y datos que se pierden en el ciberespacio. Lo que engrosa así la llamada pos-verdad. Un relato que nace en las  emociones y que se consensua en la navegación, al ritmo de la recolección de las hormigas. La pos-verdad se encuentra por partes, en páginas o portales de noticias, de acuerdo a la “libre creencia” y a la “libre libertad”. Una libre creencia y una libre libertad restringidas. Tal vez sepamos que esto es así. Que no caben dudas. Para los más viejos sigue funcionando la televisión, para otros las redes sociales y para unos últimos los youtubers conspiranoicos, o los juegos de red.

Lo que queda son plazas vacías, parques con hamacas, carruseles y subibajas oxidados, niños sobre las faldas de los padres con las cabezas reclinadas en celulares, hiperactivos, hiperestimulados, expulsados del mundo. Y a su vez: apáticos, aburridos, insatisfechos. Es casi imposible agruparse en las calles. En las ciudades las hojas se acumulan. En los containers atiborrados de basura la gente junta cartón. O camiones residuos.   

Las posibilidad ante lo desconocido, ante los otros, son cada vez más nulas. Los pocos lazos y espacios que sobreviven se vuelven nichos. A veces ni siquiera eso. Una pareja vive en su casa como en un viejo Ciber de principios de los años dos mil. Con hijos que hablan un español traducido por la constante presencia de dibujos animados importados. Que relatan las historias de los videojuegos y excluyen aquellos que no manejen el mismo código de lo que se proyecta en la pantalla.

Sea la ansiedad de vivir lo invivible, sea la hipocondría, sea la industria farmacológica, lo cierto es que cada vez las dolencias mentales son más, y para cada una, se crea un recetario de fármacos o paliativos como el yoga o el reiki, la música para relajar o talleres manuales. La idea es vivir enajenados no del mundo, sino de nuestros cuerpos (apáticos, desesperados, aburridos, sin deseo, depresivos) para que poco a poco nuestra subjetividad se vuelva virtual. Un número en inconmensurables bases de datos. Que nos volvamos, al fin, parte de un historial que poco importa pero que le sirve a corporaciones empresariales, a gobiernos globalizados o a una economía predadora.

Resulta un lugar común hablar de los celulares como “prótesis”. Sin embargo, no es una prótesis cualquiera, como la dental o la ortopédica. Es una prótesis que organiza nuestros deseos íntimos, personales y políticos. Que erige un nuevo tipo de sociedad y de regulación social. La publicidad, por ejemplo, día a día nos suministra el suero vital para sentirnos vivos: más consumo, más sentido de que nuestros sacrificios son útiles, redituables. Mientras tanto experimentamos la marea de vínculos virtuales, paraísos virtuales y vidas virtuales. Y el deseo de lo inmediato, ancla. Ancla, y no solos eso, frustra. Porque la naturaleza del deseo se rige en el lugar de lo inalcanzable. Y lo virtual, jamás se alcanza, salvo por la visualización y la afectación corporal y subjetiva, y además posibilita el derroche de energía de lo que queremos o no con solo mover un dedo. Un ejercicio mental y físico demoledores sin conexión con el mundo real. Podemos sentirnos agotados como en un trabajo embrutecedor, con apenas haber deslizado la pantalla.

A mayor derroche, entonces, mayor depresión, apatía y felicidad. Una felicidad, una depresión y una apatía que no tienen lugar sino en el movimiento de “likear”, “megustar” o “cerrar sesión”. Darnos por hechos sin habernos realizado. Sin haber realizado nada por un mundo mejor.

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