La habitación de contención

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Después de unos quince minutos en el horario central, la conductora del programa de televisión pudo preguntar con mucha simpatía lo que en verdad quería saber.

– Sos un finalista del mundial de “Escape Room” ¿Por qué no sabemos nada sobre tu misterioso pasado?

El decorado, las banquetas, y el escritorio brillaban en el estudio. En diagonal a la conductora, cerca de su invitado especial había una pantalla en la que ambos podían ver lo mismo que veían los televidentes en sus casas si giraban apenas la cabeza. El mundial de “Escape Room”, había nacido en Estados Unidos y ese año se jugaba por primera vez en la ciudad de México. Convocaba jugadores de todas partes del mundo que pasaban cuatro años entrenando para ganar el premio individual que superaba el millón de dólares. Los cuartos de escape eran juegos de aventura que representaban un desafío tanto físico como mental para cualquier persona. Los jugadores se encierran en una habitación, donde deben solucionar enigmas o rompecabezas, para ir descifrando una historia y conseguir escapar de la habitación antes de que finalice el tiempo. Las habitaciones estaban ambientadas según la historia que se cuenta en cada juego. Es una competencia que en la instancia mundial se gana por tiempo.

Su simpatía y seducción mediáticas no le sirvieron de mucho a la conductora porque Alberto Vallejo, el finalista del torneo mundial de “Escape Room” tenía mucha confianza en sí mismo para medirse ante los televidentes.

– Bueno, es que soy muy reservado. Sabrás disculparme. – respondió con una delicada sonrisa dejando unos segundos de un silencio incómodo que la periodista tapó con velocidad para que no quedara en evidencia ese vacío televisivo.

Alberto comprendió en esa entrevista, mientras miraba de reojo la pantalla que le mostraba como lo veían los televidentes que él que estaba sentado en la banqueta en el programa de televisión de la tarde no era él mismo sino ese personaje que veían los televidentes. Se descubrió desdoblado, una vez más. Pero ahora, a diferencia de tantas otras veces en que se había desdoblado, lograba preservarse a sí mismo sin exponer su pasado. Lo cierto es que el mundial de “Escape Room” se jugaba cada cuatro años y era el favorito para ganar el premio en la modalidad “Solitario” que era mucho más difícil que la modalidad “Equipo”. La conductora del “prime time” de la tarde, preguntó sin dudar con esa mirada inquisidora de periodista de espectáculos.

– ¿Qué hay de cierto en los rumores que dicen que estuviste encerrado en una habitación de contención en un loquero?

– Si…no sé. Dicen muchas cosas. Si tuviera que andar respondiendo cada rumor no tendría tiempo de entrenarme – respondió con voz suave y una renovada sonrisa para no parecer ni antipático ni engreído.

La entrevista terminó como terminan siempre todas las entrevistas en la televisión, con mucha simpatía y publicidad de los auspiciantes del mundial de “Escape room”.

Así terminaba la rueda de prensa de Alberto y un asistente de producción del evento lo acompañaba al estadio para hacer el reconocimiento de la sala. Era un estadio para grandes shows musicales con una capacidad para veinte mil personas. La sala de escape había sido montada en el medio del estadio como si fuera un ring de boxeo y las gradas estaban rodeando esa habitación como si fuera el epicentro de una lucha entre gladiadores romanos. En este caso, la lucha era contra uno mismo porque la final más esperada era en modo solitario. Una batalla contra el espacio y el tiempo transmitida en vivo en el estadio por una pantalla gigante exclusivamente para quienes ya habían agotado las entradas.

El asistente de producción lo guió por uno de los pasillos de la platea, mientras Alberto recorría con su mirada la puesta de luces del techo, los asientos y la pantalla gigante para tomar dimensión de cuantas personas lo estarían viendo al día siguiente. Sabía perfectamente que cuando se encuentra buscando la salida de una sala, el mundo desaparece como si fuera el único sobreviviente de la humanidad. Tal cual como exigía el reglamento, el asistente de producción le presentó al finalista el motivo de la sala de escape cuando se detuvieron frente al escenario donde estaba montada la sala de escape que tenía la altura de un ring. Los esperaban cuatro escalones en un silencio frio.

Allí estaba la reluciente fachada de la habitación, perfectamente ambientada ante la mirada de Alberto. Sin subir al escenario, mientras el asistente de producción hablaba de algo que no recordaría jamás. La única conexión con la realidad de la puerta de metal era una ventanita del tamaño de un estuche de anteojos. Desde esa ventanita los enfermeros de distintos turnos se asomaban a ver si el paciente seguía con vida. El asistente de producción lo invitó a que se acercara hasta la puerta de la sala.

– Una habitación de contención de un hospital psiquiátrico. Es todo lo que puedo decir. Cuando usted quiera, podemos ir regresando al hotel – Se excuso el joven asistente con la solemnidad protocolar que le exigían las reglas.

El azar o algún dios olvidado, lo desafiaba con una ironía muy ácida para ver como reaccionaba. Esa noche no pudo dormir porque se había dado una situación que era tan probable como indeseable. Soñó que despertaba en un hotel donde las habitaciones eran todas salas de contención con puertas de metal y ventanitas del tamaño de un estuche de anteojos que los enfermeros de distintos turnos usaban para ver si los huéspedes seguían vivos.

Ya estaba en la habitación de contención donde ganaría el premio mayor del torneo mundial de “Escape Room”. El juego no era un desafío para su cuerpo y su mente, sino más bien una tortura a la que debía sobrevivir en el menor tiempo posible. Solo de esa manera podría alcanzar la gloria final y probablemente, por primera vez en su vida, sentirse libre. El motivo de su historia consistía en escapar de una sala de contención de un hospital psiquiátrico. Mantuvo el aplomo porque había olvidado cuando había dejado el hotel. Tampoco recordaba si había desayunado. La sensación de despertar prácticamente inconsciente encerrado en una habitación de contención puede resultar enloquecedora incluso para las personas más tranquilas del mundo. Se escapaban sus recuerdos.

En la pequeña habitación había una cama metálica, un colchón y las cuerdas de contención colgaban en las cuatro extremidades como advertencia por si fuera necesario usarlas. A un costado en el piso, un balde vacío y un papagayo. Se asustó un poco al ver el balde vacío, pero pudo dominar el pánico. Si hacía sus necesidades en el papagayo, luego las tendría que verter en el balde hasta que se abriera la puerta de la habitación de contención. El tiempo allí desaparece, lo cual era peor que la muerte. En las paredes hay rayones, garabatos y palabras sueltas de caligrafía medicada. Recorrió con la mirada una frase que anunciaba: “No hay futuro, ni pasado, ni presente”.

Se acercó a la ventanita de vidrio del tamaño de un estuche de anteojos y descubrió que alguien la había cerrado, por lo cual ya no podía ver del otro lado y había perdido todo contacto con el mundo exterior. No importaba si la había cerrado el asistente de producción o un enfermero, porque Alberto estaba perdido.

No sabía cómo salir de la habitación de contención del hospital psiquiátrico donde lo habían internado por un brote maniaco. El dilema de la bipolaridad era el conflicto emocional entre el tiempo y el espacio. Se dio a sí mismo una hora para lograr que abran la puerta. Se acostó en la cama para reconocerse en el rol del paciente psiquiátrico. Respiró unos instantes para buscar la calma. Empezó a hablar solo para descifrar el acertijo, comprender la narrativa de su encierro y descubrirse a sí mismo la salida. Procesó toda la información que había en el pasado, el presente y el futuro de la habitación de contención donde estaba recluido. En tiempo récord, apenas unos cuarenta y cinco minutos después un enfermero gigante con expresión intimidante abrió la puerta. Sostenía una bandeja metálica con un vasito de plástico y unas pastillas.

– Soy el campeón del mundo – comentó Alberto con total tranquilidad.

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