El parásito.

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Siempre tenía que esperar entre cinco y diez minutos en el consultorio a que llegara su médico. Las paredes eran de un blanco crema con delicados zócalos grises. La iluminación cálida, desde un foco cubierto por un portalámparas de mimbre que intentaba darle una ambientación natural a un espacio que contenía decisiones difíciles de tomar. Mientras Paula esperaba la llegada del médico, repasaba con la mirada el talonario de papel en el escritorio que tenía la publicidad de un laboratorio, así como los pañuelos de papel Tissue perfectamente presentados en su cajita de cartón. Se le ocurrió que los pañuelos impuestos sobre el escritorio funcionaban como una moderna tecnología terapéutica. Además, en un rincón del consultorio, dos estantes esquineros amurados a la pared sostenían una planta de cactus y unos libros que al parecer nunca nadie leía porque siempre permanecían en el mismo lugar. Inmóviles. Pensó en acercarse a hojearlos para pasar el rato. Seguramente serían libros de medicina. Pero se mantuvo en la silla esperando. Le dio miedo que el medico entrara al consultorio justo cuando ella estaba mirando los libros y se llevara una mala impresión que seguro determinaría el rumbo de su tratamiento para las próximas semanas.
Ese consultorio de la clínica privada estaba tan limpio y era tan agradable a la vista, que a veces le daba miedo en vez de confianza. Le molestaba bastante esa espera porque era un tiempo donde ella misma tenía que definir en soledad si estaba bien o mal de salud. Su deseo de volver a dar clases de periodismo televisivo en la universidad católica se había vuelto algo impensable por los demás. En realidad, el tratamiento cada vez la alejaba más de la posibilidad de volver a dar clases en una universidad. Paula no confiaba en su psiquiatra, pero no lograba descifrar por qué. Era más bien una intuición que tenía, como cuando en primavera se daba cuenta unos días antes que su periodo fértil estaba por terminar y le bajaba la luna. No creía en que los varones que la habían amado en su juventud hubieran tenido la fuerza suficiente como para bajarle la luna. Ya se sentía una mujer grande y le pesaba un poco la mediana edad. Le daba la sensación que su psiquiatra en cualquier momento podría hacer nuevos cambios en el tratamiento que empeoraran aún más su situación social.
Paula quería volver a escribir, pero no podía por los temblores de sus manos, el tratamiento psicofarmacológico que tenía que cumplir por recomendación de su médico y por la resolución que había firmado un juez donde la declaraban insana. Lo que más extrañaba de su antigua vida era escribir poemas. Se los leía a su gato. Para ella, escribir era algo tan simple como jugar con palabras. Poner algunas palabras en las hojas, ofrecerles voces a las palabras, moverlas de un lado para otro como si fueran autitos y a veces hacer que entre ellas se peleen. Pero el proceso judicial en que se encontraba era desfavorable para que en el corto plazo pudiera volver a jugar. Ella creía que las enfermedades mentales eran solamente una idea que tenían los médicos, pero esta idea se transformaba en pensamientos, que aprobaban todas las personas. A su vez estos pensamientos que se esparcían en el tejido social eran los que producían diagnósticos y tratamientos en la industria de la salud. Paula llamaba “idea parásito” a esa asociación inicial entre psicosis y trastorno mental que hacían los profesionales especialistas en salud mental.
Escuchó los pasos de alguien acercándose al consultorio. Se dio cuenta que eran los pasos de su psiquiatra porque ya estaba acostumbrada después de tantos meses a la acústica de los pasillos de la clínica. Conocía casi todos los sonidos.

– Buendía, Zombaum – saludó el médico cuando entró. La trataba de usted como impostando un respeto excesivo, lo cual a Paula le resultaba muy raro.
Paula se paró a saludarlo con un apretón de manos, que ya era la costumbre en la relación. Lo primero que hizo su psiquiatra cuando se sentó frente a ella del otro lado del escritorio, fue sacar un pañuelo del bolsillo derecho de su bata blanca con el cual se secó el sudor que tenía en la frente. Paula sintió que algo malo estaba pasando. Pero, no había nada aparte de la transpiración que indicara peligro.

Recién estuve conversando con Marcelo, tu abogado. Te acordas, de Marcelo, ¿no? – Paula asintió con la cabeza – Bueno, me explicó que ya se ocupó con tu mamá de pagar los impuestos de tu departamento. Los van a pagar desde la cuenta bancaria de tu madre, con debito automático. Así que ahí vas a tener algo menos de que preocuparte.
La consulta continuó sobre los mismos temas sobre los que conversaban, el tratamiento, la paciencia, las fechas aproximadas para bajar la medicación y el regreso a casa. Pero Paula empezó a notar un pequeño temblor en la mano derecha de su psiquiatra. Ella respondía de forma bastante automática porque sabía que para poder volver algún día a su casa tenía que responder de la forma más convencional que pudiera. Cada vez que tenía la consulta individual con su médico se ponía un poco paranoica y su pensamiento se aceleraba un poco a pesar de estar bastante medicada con medicamentos de última generación. Especulaba con lo que debía decir, cómo lo interpretaría el psiquiatra y que diría ella luego de escuchar la respuesta. Guionaba en su cabeza muchos diálogos posibles, para anticipar un resultado beneficioso de la consulta. Ella, en definitiva, quería volver a su casa, aunque no pudiera recuperar la libertad, por lo menos se consolaba con la fantasía de que volvería a usar su vajilla, su ropa y sus libros que después de una internación tan larga seguramente tendrían polvo. Trataba de parecer una mujer normal. Su médico lo había dejado muy claro. Si volvía a su departamento tendría que respetar ciertas reglas como por ejemplo el régimen de acompañamiento terapéutico para salir a hacer las compras.

– Todavía hay que pensar el esquema de acompañamiento. Es algo que hablamos con el juez y tu abogado. Si fuera por mí, te dejaba ir a hacer las compras sin problemas – había justificado en la última sesión su psiquiatra.
Habían pasado unos veinte minutos de la sesión y Paula veía cada vez con mayor preocupación como temblaba la mano derecha de su psiquiatra que seguía secándose el sudor de la frente con el pañuelo del bolsillo derecho. La voz le empezaba a temblar de una forma casi imperceptible. Paula se asustó un poco porque se imaginó que su psiquiatra se podía desmayar. Si eso pasaba durante su sesión, sería problemático porque ya estaba declarada inimputable por el juzgado. Ese escenario retrasaría muchos meses su regreso a casa.
Paula había usado toda la herencia que había cobrado tras la muerte de su padre para invertir en criptomonedas. Había llegado a la conclusión leyendo portales, blogs y foros que las criptomonedas iban a reemplazar a las monedas oficiales que emitían los bancos centrales de los países del mundo. Entonces, como ella siempre quería anticiparse a los posibles problemas económicos había comprado todas las criptomonedas que su herencia le permitió. A los seis meses de su compra, un cambio inesperado en el mercado global de divisas por la política de tasas de Estados Unidos, hizo caer el precio de las criptomonedas en un ochenta por ciento. La página web donde tenía sus criptomonedas mostraba el número ochenta y dos por ciento en color rojo. Ya no tenía ese dinero. En menos de un año había perdido un monto de dinero muy importante, con el cual podría haber comprado una casa de campo. En el resultado del juicio que le había iniciado su propia madre, se había dictaminado que Paula no podía comprender cómo sus conductas podían lesionar los intereses de otras personas.
La sesión terminó antes de lo previsto. El médico le dio un cierre a todos los temas que venía conversando con su paciente reconociendo que se encontraba indispuesto y debía atender su salud. Cuando se incorporó de la silla del otro lado del escritorio, perdió el equilibrio, extendió los brazos instintivamente y alcanzó a apoyarse en la pared. No pudo mantenerse en pie y dejó caer su peso sobre la silla. Pero cuando su cadera golpeó contra el respaldo, el médico cayó al piso.

– Ay! ¿lo ayudo? – preguntó mientras se paraba y acercaba con torpeza al doctor.
Paula se asustó porque si la situación era grave supuso que sería la principal sospechosa. Su condición de inimputable ante la justicia, la hacía sentir que ante cualquier situación dudosa ella iba a ser vista como responsable o culpable. Cuando pudo acercarse descubrió que su psiquiatra estaba semi consciente en un estado preocupante. La silla estaba caída sobre su costado. Uno de los brazos del medico había quedado atrapado por una punta del asiento. Tenía pequeños espasmos y la mirada perdida. Alrededor de las fosas nasales como de los orificios oculares tenía un sarpullido rojo, como si fuera una reacción alérgica. No parecía un ataque de epilepsia ni un desmayo. Los ojos los tenía desorbitados, casi blancos como si estuviera poseído por un demonio. Algo un poco más extraño se presentaba en el piso del consultorio.
Se acercó muy de a poco para ayudarlo de alguna manera. Se puso en cuclillas como para hablarle de cerca en un tono de voz calmado. Le costó agacharse porque perdía el equilibrio fácilmente por toda la medicación que tomaba.

– ¿Cómo te puedo ayudar? ¿llamo a un enfermero o al médico que esté de guardia? – pregunto con voz pausada.
Su psiquiatra, justo en ese instante le tiró un tarascón como para morderla. Paula reaccionó rápido porque ya estaba acostumbrada a reaccionar de esa forma con su psiquiatra. Apenas la rozó con uno de sus colmillos dejándole un pequeño raspón superficial en la mano. No le había salido sangre. Paula se asustó por lo que estaba pasando y se alejó de eso que estaba tirado en el piso y empezaba a dar pequeños gruñidos como si fuera un animal salvaje. Se resguardó en un rincón de la habitación justo fuera del campo visual de ese ser de bata blanca que se retorcía entre espasmos como si quisiera vomitar con el estómago vacío.
Lo poco que quedaba del médico de Paula se incorporó apoyándose en el escritorio. Dejó la silla tirada en el piso. Apoyó una mano sobre una pared unos instantes hasta que se recuperó un poco de esos espasmos que lo hacían parecer un animal. Dio unos pasos arrastrando los pies hasta la puerta, la abrió y salió del consultorio sin siquiera mirar a su paciente, como si ella nunca hubiera existido. Se fue como si estuviera muerto. Paula estaba aterrada, al borde de un ataque de desesperación. Se acercó a la puerta y apoyó su oído para escuchar qué estaba pasando del otro lado. Se quedó unos instantes pero no escuchó nada. Ni siquiera podía escuchar los pasos alejándose de su psiquiatra. Pensó que tal vez estaba delirando y nada de eso había pasado.
De pronto volvió a escuchar gruñidos del otro lado de la puerta. Eran iguales a los gruñidos que acaba de escuchar. Paula se dio cuenta que eso no podía estar pasando. Nunca había delirado con tanta nitidez. Este estado se le presentaba como un estado de consciencia completamente distinto al estado delirante que la había llevado a comprar criptomonedas. Paula creyó escuchar una voz de una enfermera que estaba como a dos metros, bastante más lejos del consultorio. Todo era incierto, confuso, delirante. “¿Doctor le pasa algo?”
Después, le pareció escuchar un grito ahogado y de nuevo un gruñido.
Después, un prolongado silencio.
Después, el pánico se apoderó de Paula en la soledad del consultorio de su clínica psiquiátrica.

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