Defender tu cordura (una entrevista con Kate Millett)

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Por Darbey Penney

Este texto fue originalmente publicado en inglés en la revista Off Our Backs, Vol. 33, No. 7/8 (julio-agosto 2003), pp. 40-42. Actualmente la entrevista original en formato PDF se puede encontrar en numerosos espacios virtuales. Los enlaces y notas al pie han sido añadidos por la Redacción de MIAH. La traducción del texto ha sido un trabajo colaborativo entre Grecia Guzmán Martínez y la propia Redacción de Mad in America Hispanohablante (siempre podéis escribirnos al correo redaccion.miahispanohablante@gmail.com si queréis ofreceros también para colaborar en traducciones, para aportar vuestros propios textos y materiales o para colaborar en la accesibilidad de los contenidos: subtitulado, transcripciones, adaptación al modelo de lectura fácil…)


[La siguiente sección (de la revista Off our Backs) presenta historias personales de usuarios/sobrevivientes/ex pacientes. De estos relatos surgen experiencias personales de abuso o sanación que dan vida o desafían las teorías sobre la salud mental y la enfermedad, la psicología, la psiquiatría, los orígenes biológicos y culturales, las prácticas generalmente aceptadas y la institucionalización.]

Kate Millett, pionera feminista y autora del histórico libro “Política Sexual”, entre muchos otros, también es una sobreviviente de la psiquiatría. Fue entrevistada por Darby Penney para el Proyecto de Historia Oral del Usuario/Sobreviviente/ Ex-paciente en octubre de 2002. Lo siguiente son extractos de la entrevista(*).

Darby Penney (DP): En tu libro Viaje al Manicomio escribes sobre tu trabajo de verano como auxiliar en un hospital psiquiátrico a la edad de 18 años. ¿Qué tipo de trabajo hiciste y cómo te sentiste respecto al sistema de salud mental?

Kate Millett (KM): Yo creo que esta fue mi primera motivación, porque vi el infierno. [Los pacientes] eran prisioneros en el sistema. Supongo que a menudo querían suicidarse. Entiendo por qué; estaban ahí para el resto de su vida, y sus vidas se hicieron miserables, innecesariamente miserables. Y se comunicaban unos con otros, porque esto fue antes de la era de las drogas. Así que hubo un poco de solidaridad entre ellos. A pesar de que ocasionalmente veías cosas humanas realmente agradables, el hospital fue dividido y vencido con bastante éxito. 

Trabajé en todos los turnos. Trabajé en el turno de noche con personas mayores, lo que fue realmente desalentador porque las personas mayores no tenían ni una sola oportunidad de salir de ahí. Porque en aquellos tiempos, cuando te «encerraban en la caja», ahí terminaba todo. Mucha gente mayor estaba allí porque alguien quería su vivienda. Se trataba de propiedad. Y las personas son tratadas como propiedades en lugares como este. 

Así es como ha funcionado la psiquiatría. Como una filial armada del gobierno que puede encerrarte si tu marido no te quiere. Muchas mujeres fueron encerradas por eso. O si no te vas a abrir de piernas. O tal vez no vas a lavar los platos. No harás más tareas domésticas. Entonces vas al basurero.

DP: Con 18 años, esto debió de ser un verdadero shock para ti. 

KM: Fue horrible. Quiero decir, volvía a casa y le decía a mi madre: «Es increíble lo de este lugar, mamá. Quiero escribir artículos para el periódico». Ella decía: «No, no. Pensarán que estás loca». Le decía: «¡Pero mamá, es una institución pública estatal! Y este lugar… Huele tan mal que no podía comer sin vomitar. Es increíble cómo se trata a las personas ahí. Tengo que escribir sobre ello». Y ella: «Bueno, nadie te creerá. Solo tienes 18 años». 

Podía ver que esas personas se habían alejado tanto que ya simplemente vivían en sus propias mentes y, por supuesto, sus propias mentes eran muy infelices. Así que algunas veces se hacían cosas terribles a sí mismas. Una mujer se rascaba tanto mientras dormía que teníamos que despertarla cada dos horas y vendarla. Ese es un grado de infelicidad realmente difícil de alcanzar. 

Usaban camisas de fuerza todo el rato. Había una enfermera muy brutal, con la que intenté hablar para que me dejara calmar a los pacientes, porque los amenazaba con jeringas y esas cosas. Están realmente locos, pensaba ella. No estaban locos. Estaban cansados ​​de estar encerrados. Incluso yo podía darme cuenta de eso. Entonces yo me sentaba con la paciente y nos calmábamos. Cuando se calmaba, podía desatarle los brazos si prometía no montar un escándalo. Y en fin, yo era la única persona que había sido amable alguna vez con ella, así que lo prometía. Y entonces yo le decía: «Sabes, en un rato podemos salir al balcón y fumar un cigarrillo. Puedes contarme lo que está tan mal». Algunas veces me lo contaban, otras veces no confiaban en mí.

DP: ¿Hacían  electroshocks en ese hospital?

KM: Sí, los utilizaban. Me decían: «Agárrale el tobillo a ese», y yo lo agarraba y ellos empezaban a… chirrrrr. Cuando acabaron, les dije: «no me gusta participar en esto». Y contestaron: «Bueno, es una cría. Solo tiene 18 años, no vamos a obligarla». Así que dije: «Gracias, porque dejaré el trabajo si lo hacéis». Fue mi pequeño acto de resistencia. Siempre pensé que la psiquiatría era una tontería sin fundamento, que lo es, pero no sabía que tenían esa fuerza policial hasta que trabajé allí y vi el poder que tenían. Vi el infierno y nunca olvidé este infierno.

DP: En Viaje al Manicomio describes una serie de acontecimientos que acabaron con tu hermana ingresándote, y una de las cosas que me llamaron la atención fue que tu hermana, tu esposo y tu amante se confabularon, de alguna manera. ¿Cómo afectó esto a tu confianza en tus vínculos más cercanos?

KM: Nunca te recuperas de traiciones como esa. Porque, claro, yo confiaba en mi marido, le había ayudado con Inmigración, había sido muy buena amiga suya. Y se volvió contra mí. Mi madre le utilizó para internarme; necesitaba su aprobación al estar yo casada con él. 

Pero debería volver al principio. Mi hermana Sally me encerró. El médico me dijo: «Queremos que firmes un ingreso voluntario». Respondí: «No soy idiota». Y él: «Bueno, si no lo firmas, no saldrás nunca». En fin, tenía su promesa de que me dejaría salir si yo decía que era voluntario, lo que, por supuesto, ¿valía la pena? Pero no tenía otra opción, porque nadie más iba a sacarme.

DP: Durante esa hospitalización, ¿te drogaron a la fuerza?

KM: Sí, todo el tiempo. Con Thorazine(**).

DP: ¿Qué tipo de diagnóstico te dieron?

KM: Maníaca, por supuesto. Es la moda, lo ha sido los últimos treinta años.

DP: ¿Y te daban Thorazine para eso? 

KM: Sí. Me dieron Thorazine porque me estaba acelerando, dijeron. ¡Por supuesto que me estaba acelerando! Quiero decir, iba a toda velocidad tratando de salvar mi vida y salir de allí.

DP: Escribes en Viaje al Manicomio sobre cómo, justo antes de que te encerraran por primera vez, estabas trabajando para intentar liberar a un preso político de Trinidad llamado Michael X. Y la gente sentía que estabas, no sé, demasiado implicada o algo así. Creo que muchas veces las personas no entienden la energía de las activistas y usan eso como excusa para decir que hay algo mentalmente erróneo en ellas.

KM: Sí. Yo me pasé. Se suponía que estaba en «la liberación de las mujeres», y ahora había llegado más allá metiéndome en política internacional. Michael era amigo de Yoko [Ono] y John Lennon, que eran amigos míos. Y estábamos todos juntos en esto. [William] Kunstler, nuestro gran abogado constitucionalista, decidió que era yo quien debía ir a Inglaterra porque ya había ido a la escuela allí. Me topé con la primera plana del New Statesman Nation: «¿Deberíamos colgar a Michael?» Obviamente la conclusión había sido que deberían. No colgaban ya a nadie en Inglaterra en esa época. Pero en las colonias todavía sí. 

Entonces regresé a California y mi hermana mayor me encerró. Había sido psicóloga, así que decidió que yo estaba loca. O dijo que estaba loca. Nunca pude averiguar si pensaba que lo estaba o no. Cuando salí del armario [como lesbiana], también pensó que estaba loca. Pero simplemente “loca” en el sentido de irresponsable. Me dijo: «Nos lo estás poniendo más difícil a todas las amas de casa en Nebraska».

DP: ¿Entonces ese fue tu primer internamiento, cuando tenías 38 años?

KM: Mi madre me había entregado de por vida a unos muchachos pequeños y educados que vinieron con una camilla. Y aquí es donde me sentí más traicionada. Porque esos grandísimos y enormes matones me tiraron al suelo y me rompieron el brazo. Y miré a mi marido y él no se movió. 

Así llegué a St. Paul y fui recluida nuevamente por cuarta vez en tres semanas o algo así. Luego aparecieron mis caballeros de brillante armadura y dijeron: «Somos sus abogados. ¿Quiere salir de aquí?» Respondí: «Sí, quiero salir. Pero no estoy segura de querer hacerlo con ustedes». Y ellos: «Podríamos hacer Historia con este caso. Podríamos cambiar la visión de la legislación sobre estas cosas, intentémoslo». Yo contesté: «¿Intentarlo, poniendo en juego mi vida? ¿Cuáles son las opciones?».

Todo el mundo estaba mintiendo un poco pero aun así me imaginé que podría salir con los abogados. Así que tuvimos un juicio sobre mi cordura. Todos los días el tribunal se llenaba de gente del movimiento de mujeres apoyándome. Yo no dije ni una palabra, porque recibí instrucciones meticulosas de mis abogados de no abrir la boca. Y gané porque me callé (risas). Había demostrado mi cordura, pero mi familia ya no me hablaba.

DP: Teniendo en cuenta el poder que tiene la psiquiatría, y tu sensación de que las cosas se están volviendo más autoritarias en general, ¿qué esperanzas crees que hay para los pacientes psiquiátricos?

KM: Creo que este país está bastante controlado por la pena de muerte. Porque si pueden hacerte eso, si pueden matarte, si pueden quitarte tu propia vida, entonces ¿qué pueden hacerte que sea menos que eso? Pueden encerrarte. Creo que el hecho de que este país se esté volviendo cada vez más autoritario tiene realmente mucho que ver con la pena capital. Y el papel principal de la psiquiatría siempre fue controlar a los pobres. Ahora lo está haciendo a lo grande. Porque la psiquiatría es una forma de control social, como la pena de muerte y el sistema punitivista son formas de control social. 

Todo el mundo cree en la psiquiatría; se supone que está para nuestro propio bienestar. Dejemos que la psiquiatría demuestre que alguien tiene una enfermedad, y yo cedería, pero no hay pruebas físicas, como hay con los gérmenes. No hay pruebas físicas, por lo que no hay una patología. Un patógeno es demostrable. Tienes un germen o no lo tienes. Es que es un poco absurdo. Tienes a alguien que no está visiblemente enferma de ninguna manera, salvo que alguien diga que actuó de determinada manera. Eso no se va a aclarar en un tribunal de justicia. ¿Dónde está el peso de la prueba? Es un rumor. Pero los rumores te condenan a estar loca. Si dicen que tienes esquizofrenia o bipolaridad, bueno, muéstrenme la evidencia. Por supuesto, no hay ninguna. Pues entonces no hay ninguna enfermedad. Puede haber un comportamiento inapropiado pero conozco personas que se comportan de manera inapropiada todo el tiempo. Y simplemente piensan que es bohemio o que es de izquierdas o algo así. Pueden ser unos imbéciles repugnantes, pero no están locos. 

La psiquiatría causa tanta muerte porque, ¿cuál es la reacción natural cuando te dicen que tienes una enfermedad mental incurable? «Lo mismo me daría pegarme un tiro ahora, porque me voy a hacer pedazos». El diagnóstico acaba contigo; eso, y la humillación en que te sitúa. La indignidad a la que estarás sujeta. Dios mío…


(*) La entrevista completa que le realizó Darby Penney a Kate Millett dentro del proyecto de recuperación de la memoria oral de supervivientes de la psiquiatría se puede encontrar en http://www.community-consortium.org/projects/millet-kate.pdf

(**) Una de las marcas comerciales para el antipsicótico Clorpromazina

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