Si la sociedad contemporánea se ha vuelto difícil de pensar, los intentos intelectuales que ayudan a poner en palabras la “realidad compartida”, son intentos que ayudan a hacer vivible, la sociedad que nos atraviesa el cuerpo. Por esto, el escritor Bernabé De Vinsenci, apela a los afectos alegres de Spinoza, sin edulcorar un presente amargo, para ofrecer una idea de futuro que hace soportable el presente.
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Parece que el cogito «pienso, luego existo» radicalizó la lógica blanco o negro, lo posible e imposible de nuestra época: un futuro incierto, despoblado de utopías, reticente incluso a las utopías y de luminosa conciencia supraindividual, emprendedurista, pero en el cual también nos hemos replegado a volvernos mártires de un mundo deseoso, al menos colectivamente deseoso.
Es difícil suponer un mundo multicultural que apele como propósito en pos de proyectar una futuridad posible lejos de xenofobias o racializaciones, ahora que han caído en buena hora las técnicas de identidades estatales, que el mismo Estado garantizaba. Lo que lleva a pensar que esa escisión del alma y del cuerpo, del cogito, de una idea contra otra idea, hizo posible, en sus lógicas de radicalización, sin matices, sin grises la intolerancia como modo espejista, de especularidad e intimismo social en el que las alianzas se efectúan como reducidos epitafios con respectivos nichos como forma de contrarrestar la exigua paciencia a lo ajeno, la exigua tolerancia simbólica; cabría pensar tal vez la idea de intolerancia como la idea de «barbarie», de lo extraño, que da cuenta que eximirnos del cogito dualista, si bien se volvió más flexible, también se re-territorializó.
La batalla de los claroscuros, de los matices se ciñó, pareciera, de cierta paridad que le subyace la intolerancia, a los posibles y a los distintos dentro de nuestra esfera íntima y social. Sin embargo, el Estado ya no es el legítimo hacedor de Civilización o Barbarie. Estamos regidos por la saturación de la utopía como lugar repleto de posibilidades, una a una pensada, donde la anticipación anula la sorpresa que se traduce como continuum de malestar y una vuelta a sí mismos, o con otros que comparten esa mismidad.
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Concebir las afecciones alegres, de acuerdo a Spinoza y según lo que puede vislumbrarse como afecciones alegres, lleva a una despersonalización, a abrir una fisura del cogito, de lo dual y dejarse, mediante la despersonalización, afectarse por algo inauténtico a nosotros, lo que supone remover los cimientos simbólicos o materiales, del epitafio y del nicho que nos compromete a la intolerancia y, por supuesto, a la nulidad de la futuridad. Hay que agrietar la idea de «progreso» y «fin», incluso cuando la supongamos agrietada.
Es necesario dar rienda suelta a la idea de futuridad: algo que no sabemos bien pero que se propone como una o varias distopías diferentes de la ideación de catástrofe, diferente a la ideación de suplicio o a la idea radical de mártir en pos de algo que no sabemos bien cuándo sucederá ni que será. Conviene ir más allá de la idea y del propósito identidad estatal, aunque ese lugar esté ocupado y sea currícula del nuevo capitalismo. Hay que buscar una futuridad no con fines nacionales, sino en una posible apertura que reagrupe, anude, la idea de futuridad. Incluso cuando esa idea de la ciencia ficción y futuridad, hayan sido concretadas y vuelta apocalipsis y hayan sido, también, cooptadas por los grandes millonarios del mundo.
Parece que la idea abstracta de futurabilidad gana terreno cuando ese no-lugar del futuro fue usurpado por la idiosincrasia del «progreso» y del «fin» o del «propósito», como lógica temporal y de sentido.
Pero es cierto que una afectación alegre, más allá que preserve al ser, no tiene condición si no existe la idea de que algo mayor nos reúna, lejano, nos dé sentido más allá de los minimalismos de las diferencias. Casi que una afección alegre puede darse entre torturadores y se da, que vician las posibilidades en una sociedad-cívica-policial hegemónica y la establecen, como lo es el ritmo de la moralidad o del algoritmo, o sea: en la predecibilidad de lo que puede acontecer en el sí, menos castigo, pero mayor vigilancia.
Afectarse alegremente es dejar fluir lo propio en lo impropio de la barbarie. Entendiendo que la barbarie es todo aquello que no me concierne a mí o a mis pares y que podría sancionarse ajeno o como peligrosidad o exótico.
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La idea de futurabilidad puede ser un fuego que produzca lumbre a esa liquidez que se escurre como arena entre las manos. Hay que romper el «pienso, luego existo», su funcionalidad lógica, su sentencia de razón, su telón de cierre. Es por eso tal vez que la idea de futuro como catástrofe es la opción más asequible que se propone como opción de futurabilidad.
Nos toca revertir la idea apocalíptica del cogito por «existo, luego pienso», ya heredado y dispuesto en las colecciones del terror. Solo toca romperlo, agruparnos y despertar una posible intuición de futurabilidad. Ahora puede ser que a partir de que existo y pienso, de que soy una sola cosa, una perseverancia en el ser, en la que hay que abrir fisuras o posibles ramificaciones.
Hay que desdeñar tal vez la idea de la góndola y el producto artificial. La robótica, por ejemplo, nació de la ciencia ficción y dejó de ser ciencia ficción para preceder a la existencia. La ciencia ficción, siempre pergeña una idea de futuro. Los millonarios del mundo se sirvieron de la ciencia ficción y sus comorbilidades catastróficas. Agregar más fantasías o nutrirse de fantasías de la catástrofe, es imposibilitar a la idea de congregación, reagrupamiento en la medida de que no hay alternativa a la futurabilidad más que yermo o un mundo utópico saturado, cuando no derrotista. Más que desperdicios, escombros, sangre, explotación humana desperdigados por los lugares incluso impensados.
Toda psique escindida, que «piense y luego exista» corre el riesgo de la condena de dejar su cuerpo en el óxido, abandonado, a merced de la eficiencia de rosca y la tuerca de una maquinaria que lo inmola. La escisión del cuerpo y la psique hace del cuerpo un autómata anclado al mundo fatal, un autómata de la vida como fin último el progreso y el fin.
Preservar en el ser, como diría Spinoza, es entender el sentido de unidad del cuerpo y la mente. Es resistirse a los desmadres catastróficos del Capital. Porque nadie pondría el cuerpo en una llama por la gratuidad de quemarse y más todavía cuando el mundo parece una explosión de fuego, y buscamos huir, pero a veces volvemos al fuego.
Trepar el laberinto del mundo, entonces podría ser una posibilidad, fugarse por arriba y no ceder a sus lógicas y multiplicidades de los caminos que conducen, nada más y nada menos que al fuego o a la gran llamarada. Llamarada que promete la abolición del pensamiento.
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La anticipación como modo de la no-sorpresa es lo que rige. El algoritmo como el apagón de las emociones, donde la frontera de lo vivo o lo muerto, lo escatológico o lo pulcro dan igual. El espectáculo del horror, de la caridad, de lo bueno y de lo malo ya se nos anticipó: es el no-lugar saturado.
Nos han devuelto la zombificación. La relativización sucede a nuestros ojos como el Sol que es Sol y el Cielo, Cielo. Cuando todo está anticipado ya no hay horror, ya no hay sentimientos, ni nada de qué espantarse ni nada de qué sorprenderse. Da igual un buen poema que uno malo.
La futuridad está regida de antemano y abarca como plusvalía la catástrofe, la falta de emergencia y la alternatividad. Solo podemos decir que sea horror o espanto, esto que vemos, de algún lado nos resuena, ya lo hemos visto, y que estamos preparados para recapitularlo y no afectarnos, que esto siga como horror o espanto, su curso natural.
La búsqueda algorítmica es la búsqueda de la futurabilidad. Así como la teoría de Hollywood nos preparó para amar, ahora el algoritmo, doblemente potencial, nos prepara para asumir la futurabilidad donde la vida o la muerte dan igual, donde el horror o el espanto dan igual. No hay nada de qué espantarse ni de qué alegrarse.
Somos el punto muerto de la existencia, algo zombificados, con escasos o nulos recursos de poder usufructuar la imaginación en pos de una futurabilidad no-catastrófica. El algoritmo se disputa como Estado-Nación de la globalidad. Ofrecer nuestros datos es asumir de algún modo que somos ciudadanos de ese Estado-Nación global y algorítmico que predice, o va a predecirlas a nuestras vidas porque tiene la capacidad de prescribir, diseñar y reformular el futuro, con la exactitud de una cinta métrica.
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La utopía ya no es ese no-lugar, es el lugar plagado de catástrofe. Ha sido usurpada. Y de ella emergen nuestras afecciones tristes, no imaginativas porque se la atiborrado de una ingeniería donde, desde el no-lugar, ante la imposibilidad de que todo ya está dicho o presuntamente establecido, no queda nada para decir, imaginar o pensar. Es un lugar saturado que redunda y nos satura a pensar en modos alternativos, y sí, solo y exclusivamente, nos permite pensar en pos de la catástrofe.
Por eso tal vez habría que empezar a proveerse de la futurabilidad. Un lugar en el que nadie quede afuera. Un punto que de sentido al presente y que no lo aplaque en el suplicio de la subyugación.
La futurabilidad será ese lugar quizás donde nada está dicho, de la sorpresa y donde se nos convoca, o mejor nos convocamos, al ímpetu de la fantasía, a que los cuerpos sean una Babilonia y no nichos como epitafios del aguantadero a la espera de que el mundo reviente como Big Bang de la extinción, de nuestra extinción, mientras los dueños de la catástrofe buscan emigrar al interespacio legándonos un planeta material y socialmente radioactivo, es decir:
inhabitable.
Se agradecen las colaboraciones económicas al alias: berna1993
Bernabé De Vinsenci es escritor y poeta. Nació en Saladillo, Buenos Aires en 1993. Vivió en La Plata y Rosario. Publicó en narrativa “La era de la eyaculación desmedida”, “Velando por los esquizofrénicos”, “Ciégate para siempre” e “Hígado”. En poesía “La trama de los padecientes” entre otras publicaciones.