“La góndola tenía de oferta la familia y la compramos” Bernabé De Vinsenci

Bernabé De Vinsenci nos lleva a recorrer la idea de familia como mandato, como nicho y en definitiva como condena a la que nos obliga el capitalismo. ¿Aún podemos elegir cómo vivir?, ¿Fuimos zombificados? y en caso que haya sido así ¿Ya es demasiado tarde?

La idea de «paridad», «tribu» y toda su colección de palabras, no son más que la «vieja nostalgia de la familia perdida», o mejor: el éxodo de la familia agobiante. Hemos sido testigos del derrumbe de la familia, pero hay algo que insiste en quedarse y que hemos propagado a través del régimen de la condicionalidad. El modelo familiar heterocapitalista donde nadie puede hacerse un lugar en la soledad, sin sus machos ni sus hembras, y que por lo tanto busca la manada, la complicidad, la paridad, la hermandad. Pero en realidad lo insta por debajo, la verdad del quid, es recuperar el prototipo de familia: maternar, paternar, asistir, darse la posibilidad de tener sexo.

Lo que se supone ruptura ideológica de la familia ha sido contemplar un maniquí detrás de una vidriera. ¿Bobería? ¿Espectáculo? Tardíamente nos hemos dado cuenta de que procrear hijos era traer, en términos de Marx, ejércitos de reserva. Tardíamente caímos en la cuenta que nuestras ambiciones aspiraban a un estatus consumista, simbólico y material. Tardíamente nos dimos cuenta que paternar o maternar llevaba a un suplicio y que en algún momento era menester un «tiempo propio». Tardíamente nos dimos cuenta que en realidad estábamos rodeados de manipuladores.

¿Y qué hicimos entonces? Fingir demencia y eyacular dentro de una vulva o llevar en la panza un feto que le depararía una vida precarizada. ¿Fuimos zombificados? ¿No había otro sentido? ¿Con un hijo no bastaba? No. La góndola tenía de oferta la familia y fuimos por ella. Aguantamos por ella. Fuimos golpeados por ella. Nos metieron la pija donde no queríamos, por ella.

A propósito del sentido y su inmanencia de procurar un fin. ¿El fin de la felicidad? El fin de la familia y esa rutina que descubrimos luego, era agobiante, patriarcal y que aguantamos por su funcionamiento de dispositivo de ser menos desgraciados. Pero que, sin embargo, el heterocapitalismo dispuso como buen plato del infinito menú. Y así pudimos superpoblarnos y dejar ejercer al capitalismo su misa en las infancias para la demanda de trabajo esclavizante. Pero claro, ahora ya no importamos. El capitalismo armó su propio ejército de reserva: la robótica, la nulidad del pensar gracias a una Inteligencia Artificial.

Por eso tal vez la vindicación de la familia vuelve como nicho. En la «paridad», en la «manda», en la «tribu» y en la «incodicionabilidad». Vuelve para sostener lo que no aguantamos, lo que es un aguantadero pero que nos retribuye para no quedarnos solos. Vuelve para que Occidente se sostenga como un minimalismo estatal: nosotros/ellos. Rodeando una concha. Rodeando una pija. Riéndonos de un jolgorio del cual nos gustaría escapar pero que, así como la familia, da una aparente felicidad. Ahora que la familia se descascara como la cal, porque al capitalismo ya no le importa, recurrimos a los nichos. Preferencias de gustos. Preferencias de orientación sexual. Preferencia de bandas que ni escuchamos. Preferencias de comidas que ni compartimos.

Hemos sustituido el nicho/familia por el nicho/tribu. Ahora podés ser un gay heteronormado que le da vergüenza asumirse gay. Ahora podés ser un loco que le encanta camuflarse en el cuerdismo y argumentar a favor del exterminio farmacológico.

Pero tranquilidad. Nadie escapa a la última foto que alguien decide poner en nuestro nicho. Todos seremos y somos arrasados por esa mala foto que lejos de interesarnos porque estamos muertos, alguien decidió que era la mejor.

Y eso se traduce a la vida.

El capitalismo elige nuestra foto. Nos guste o no. No importa. Porque ya somos potenciales de un deseo zombificado. Y el postre es que nos creamos ardientemente vivos sosteniendo un paquete, bello por fuera pero que, por dentro, no sabemos qué contiene.

Ojalá al abrirlo, sea una molotov. Y no otro macho o hembra, al cual maternar o paternar.

Y entendamos al fin que los que nos parece bello es, en realidad, algo que alguien ya prescribió. Y lo peor: se volvió deseable. Un monstruo deseable. Como alguna vez lo fue la familia y esas visitas a parques donde por la noche alguien había tenido relaciones en esas hamacas que a tu hijo se le cayó el chupetín y se lo volvió a poner en la boca. Feliz. Y feliz de que en la boca, por suerte, no hay óvulos.


Se agradecen las colaboraciones económicas al alias: berna1993

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Locura en el Mundo

Envíenme...

Cultura

Diversidad

Estilo de vida