Pagar el psicoanálisis con 5 kilos de bananas

En esta nota el escritor Bernabé De Vinsenci cuestiona la velada complicidad de los servicios psicoterapéuticos con el sistema capitalista como origen de todo malestar, sufrimiento y problema de salud mental.

Las terapias psicoanalíticas o psicológicas presumen valorar el espacio (ese espacio que hace de confesionario y que expía las culpas llamado «sesión») a través del dinero. Presumen que la mayor ofrenda es el dinero. Una forma de establecer circulaciones, capitalismo mediante, a través de una especificidad, dinero mediante, que no habilita valor simbólico o cualquier otro tipo de (uno podría suponer) ofrendas de otros oficios, de lo que se tiene, de lo que uno cree objeto de valor y que tal vez no sería necesariamente dinero.

Supongamos: ¿habilita (o podría habilitar) la terapia neo-colonial dar, ofrecer, ofrendar frutos de la huerta que cualquier persona, siendo paciente, valorara de su huerto como un valor (a lo que ellos llaman) simbólico u ofrendístico? Cabe pensar, salvo excepciones, que no.

Pero este modo singular de «ofrenda», «valorización» dictamina que hay un lugar (y solo uno) que puede ser de valor: el dinero. Lo cual insta a pensar que estas terapias hiper-supravaloradas (que han devenido formas neo-coloniales) se manifiestan a favor de un tipo de circulación y que legitiman un orden: el capitalismo financiero como modo de recibir eso que ellos presuponen como «objeto de valor». Si el modo de circulación fueran cabezas que pasaron por guillotinas, a estas terapias le importaría muy poco el dictamen, la justicia, el mal o bien del guillotinado. Rápidamente se adaptarían al modo de circulación del guillotinado. Esa es la sensación.

Por lo tanto, el valor lo impone el sistema actual dominante, la circulación legítima, y no lo que el paciente logra definir como objeto de valor o intercambio y estas terapias rara vez se apiadan a las lógicas propias de la singularidad. Quizás lo que define a un escucha es el dinero, y sobre eso no se objeta, no es discutible. Simplemente o hay exclusión o hay inclusión por un mercado que define los modos de circulación subjetiva e individual.

Lo que propone este tipo de terapia es que el «habla», la «escucha» tiene un valor de lo que la época define como «objeto de valor», de cierto prestigio y que deja a otros afuera. Debería suponerse, tal vez, que se parte así de un modo que supone y alienta un tipo de subjetividad, donde la «autoestima», donde el «logro», donde el «bienestar» además, se consigue a través del trabajo, pero nunca, lo que alentaría (a él, al paciente) a salir a las calles, a reclamar el «modo en el que se trabaja», la «precariedad» o la «desigualdad amo-esclavo».

¿Por qué? Porque se define por antonomasia al «dinero como valor» y al «trabajo como organizador y ordenador de la vida». Es decir, ninguna singularidad será tratada como punto de fuga al orden capitalista. Toda singularidad será trata dentro de sus órdenes (del sistema capital-financiero) y sus reglas a fines de la felicidad que promete y procura el orden hegemónico y que a su vez les da vida y legitimidad a estas terapias.

De modo que tal vez habría que pensar a estas terapias como eslabón de un tipo de deseo NO DESDE EL DESEO EN SÍ (el que ellos proponen «desde la falta» y por ende insatisfecho y consumidor) y no desde el lugar donde, por poner un caso, el deseo se vuelve reproductor y potencial, ya sea de agregar imaginación a lo «apocalíptico», a la «normalidad». Quizás lo que define a estas terapias es adaptarse a las reglas capitalistas más allá de la verdad del deseo, de lo que el deseo puede en cuanto a único y singular.

Para sintetizar, creo que estas terapias son un peldaño del sistema capitalista como modo único de forma de vida, donde la singularidad tiene su potencial en los parámetros de esta «única y auténtica realidad». Una terapéutica  que intenta que el deseo lo sea, sí, pero dentro de las góndolas de lo que ofrece un sistema donde el exterminio es más proclive o alentador a que seamos más felices que a tratar de pervertir su orden fundacional. Que ya de por sí degrada, somete y hace del malestar un malestar necesario para recaer ¡eureka! en estas terapias que rehabilitan para que el mundo esté en orden, pulcro y nosotros felices en una pulcritud (valga la redundancia) que huele a flores de cementerio.  


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