La generación fallida.

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Los pobres nos enviciamos con la idea de que la rosa de bronce nos sacará de la realidad donde no abundan lujos, y donde los ingresos no superan el salario mínimo, vital y móvil. Cuando los billetes se reducen a un kilo de yerba y a un paquete de Don Satur, jugamos a las maquinitas online que simulan un bingo virtual. Esa aplicación de red, que dará fortuna, y el deseo impulsivo e irrefrenable de que algo arrase con lo establecido, o la idea mesiánica de Dios, de destrucción y de promesas, seducen con facilidad. En donde no hay nada que perder aparece el empeño gratuito, y a veces contraproducente, de soñar.

Nuestro capital perfecto es soñar. Cuando no, el delirio. Soñar con lejanías o imposibilidades. 

En el baúl de nuestras infancias los sueños eran humanitarios, tal vez porque la infancia es un capullo genuino. Ser bombero, médico o maestro. Había un resquicio de ayudar, pensar en función de y para otros. Que después, sin embargo, le cedieron paso a la idea individualizante de jefe, patrón, empresario, encargado. A la idea de que por medio del trabajo (no importa en qué condiciones) el país progresa. El voluntarismo mágico yoico de autosuficiencia, se puede decir, conquistó nuestro modo de pensar el mundo y la sociedad. Pasamos de una idea humanitaria, gracias a los trajines del neoliberalismo, a una idea individualista. Donde se piensa a partir de lo que se posee o no. Donde el objeto material determina lo simbólico. Donde las ideologías se traman desde emociones de envidia, odio o rencor. Donde el privilegio de lo que se posee a veces se debe gracias al esfuerzo sobrehumano del mérito y la cultura del trabajo como mecanismo de progreso. Entonces, soñar es un ejercicio de libertad y motor de vida de cualquier persona.

Ahora. ¿Soñar con qué? ¿Qué se deja en el camino? ¿Qué idea de sueño se asume? ¿Un sueño individual, mezquino? ¿O un sueño colectivo, con otros? ¿Un sueño propio?  ¿Qué nace de nuestras historias? ¿O un sueño que exigen aquellos que no tuvieron tiempo de soñar porque tuvieron la posibilidad de materializar todo? Porque soñar a veces es soñar el sueño de otros. El engaño de lo que no se tiene ni se desea. Pero que, sea como sea, se quiere. Sueños distintos a los nuestros, de los que no tenemos ni tendremos alcance. Pero que sin embargo nos martirizan (¿será por que no es lo que verdaderamente soñamos?) en vez de darnos la posibilidad de configurar un camino que se arma desde los cimientos. Como se construye una casa. 

Después de trabajos mal pagos, mate cocido con galletitas, pan con mortadela. Después de la deserción escolar. De ir en busca de trabajos informales, sobre exigidos física y psicológicamente. Después de ser sacudidos por un sistema laboral de migajas y violencias. Después de alcanzar cierta estabilidad económica, nacen las ideas “Yo gano por lo que sé”, “Yo pongo las herramientas”, “Yo te explico, tenés voluntad, pero te falta”. Modos de los que atravesaron el infierno del estómago vacío, la falta de trabajo, y la dieta a base de arroz y menudos de pollos; y que hoy gozan de algunas conquistas intentan justificar la precarización laboral a las nuevas generaciones. Nadie desea ser otra cosa que no sea jefe, emprendedor o empresario. Las redes además repiten a cada rato “Sé tu jefe”, “Invertí en tu tiempo”, “Ahorrá en dólares”. Las redes educan que por mérito propio y gracias a un mercado libre, el usuario podrá, sin intervención estatal, enriquecerse a escalas desmedidas y de la noche a la mañana. La rosa de bronce, entonces, es el objeto valioso que nos sacará de la realidad. Donde no abundan lujos pero que, sin darnos cuenta, nos abismará a la más austera oscuridad.

El ascenso social de mi generación (que muchos creímos un florecimiento de una posible igualdad social) quedó en manos de una globalización individualizante. En la que se niega el pasado popular o marginal en pos de ideas conservadoras. Ideas que impermeabilizan la vulnerabilidad que sufrimos. Lo que debería haber posibilitado empatía o una sociedad más justa (comedores, colonias de vacaciones, maltratos intrafamiliares, abandonos) degeneró en negación y odio, y en la idea de que el que no se salva es porque no quiere. Hay una generación de principios de los ´90 sepultada en pensarse en un proyecto de vida. Despolitizada y sufragista (inclusive a veces perezosa a la hora de ir a votar) y que se frustra con las exigencias del mundo actual. O bien que ascendió y ya no se reconoce fruto de los avatares neoliberales. Sino que los prolonga en la elección de ultraconservadores. Donde el pobre, o la idea de que existen pobres, no aparece en la agenda. La idea de populismo por otro lado entre los sectores populares se volvió una idea aberrante. Parece que es difícil reconocerse pobre. O que se fue pobre. Porque la pobreza siempre fue motivo de vergüenza. Entonces se aspira al modo de pensar de aquellos que no tienen de qué avergonzarse. En un país donde se habla de cortes de carnes, nadie quiere mostrar la heladera con milanesas de pollo o carne picada de segunda calidad. Que en sectores de clases medias altas, sin embargo, puede ser, aunque no perdonable, comprensible. Porque padres y madres los aleccionaron contra los pobres dándoles, por ejemplo, una escolaridad privada o caprichos de última moda. En donde el niño narcisista satisfecho se vuelve un adulto narcisista autosuficiente. Aunque, por poner un caso, dependa de la mano de obra de sus empleados.

Lo que no es comprensible es que después de compartir  comedores, colonias de vacaciones, maltratos intrafamiliares o abandonos se considere la posibilidad de la ultraderecha. Una ultraderecha que desprecia la soberanía nacional. Una ultraderecha que excluye en su programa las ideas de presencia, alojo, contención, y los accesos (las conquistas de salud, educación, trabajo, vivienda) ganados en las calles con represión, detenidos y muertos. Reconocidas esas conquistas, hoy, malamente como derechos. Parece que se prefiere la explotación o la auto-explotación pero que no se ofrezcan derechos. Porque el derecho implica déficit, inversión, impuestos y porque además se los piensa, incluso a los más básicos como medios de consumo. Es decir, donde el consumidor paga la prestación que recibe. Podemos pensar en la idea de derecho como mercancía, después de todo. Así lo piensa la clase media alta que se reconoce bajo herencias millonarias. Bajo la propiedad privada. Bajo el fruto del propio esfuerzo y que además, lo cual parece clave, no asiste a los beneficios estatales porque aseguran que no son de calidad. La idea de negar derechos que definen por antonomasia al sistema democrático es una idea plagiada. Una idea malversada a los sectores populares por parte de las clases altas para dar por sentado que ellos, los pobres, los trabajadores, también pueden no depender del Estado. Aunque dependan y progresen gracias a políticas públicas. 

Puedo entender que mis compañeros de básquet, por ejemplo, hoy invierten millones de pesos en casas ostentosas. Lo que no puedo entender es que el potrero donde jugábamos un salón contra otro por la Coca-Cola nos hayamos vuelto una multitud rabiosa. En el que las zapatillas atadas con alambres, las pelotas de medias niegue la educación pública por sistemas de vouchers. Los que venimos de pisar las mismas baldosas, da la sensación de que ya no compartimos vereda. Muchos se cruzaron por invitación propia. El barro, las bombitas de agua y las tortas fritas parece preferible no recordarlas. No recordarlas porque representan muletillas de un pasado al cual no se quiere volver. 

Cuando pienso en mi generación no logro dar pie con la idea de que el autodesprecio haya ganado en virtud de que la pobreza es sinónimo de vago, negro. De que el pobre es pobre “porque quiere”. A aquellos que tuvieron la buena suerte de las zapatillas Nike o Adidas originales se les podría entender que busquen distanciarse y diferenciarse. Siempre lo hicieron, a diferencia de los que comimos polenta con grumos, recibimos zapatillas Flecha en la escuela o guardapolvos. Pero es estremecedoramente alocado para los que vivimos la desigualdad en carne propia, insistamos en darle una nueva oportunidad. Ahora más atroz. Puede que la nueva oportunidad a la desigualdad nazca desde la falta o el castigo. Es decir: “Lo que yo no tuve, tampoco lo vas a tener vos” o “Porque yo fui pobre, no te perdono que seas pobre”. Hay una lógica de pobres contra pobres que hoy gozan de algunos privilegios, a que los más pobres paguen derecho de piso. Sin embargo, no escapa a la malversación de las clases autosuficientes que viven afantasmadas y con miedo de perder poder adquisitivo o caer en la pobreza. 

La frase de Margaret Thatcher “nuestro propósito es el alma” y que cita el neofascismo, a modo de eslogan y bienvenida, de bienvenida a este nuevo modelo de sociedad, de algún modo se cumple. De algún modo, sin que nos demos cuenta, damos voto a cavar nuestra propia fosa. Degradar con ideas políticas e ideológicas otras infancias, otras vidas. Así como degradaron las nuestras. Porque de algún modo el alma no es material, aunque el espíritu de odio y el autodesprecio sean tangibles. Tangibles como la rugosidad de las lijas que gastan superficies. Las superficies en las que nuestros pies pisan. Superficie que no deberíamos gastar para no caer al vacío. Porque abajo nos espera el gueto. Y no somos precisamente ni blancos ni rubios. Y la genética tampoco jugará a favor nuestro.

Ninguna generación cambió de ojos marrones a celestes.

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