MANIFIESTO INAPREHENSIBLE

En este manifiesto Bernabé De Vinsenci declara a la locura como aquello que no se puede tomar, describir, ni comprender, aquello que la civilización occidental transformó en una forma de exterminio, en un genocidio contemporáneo que no se reconoce como tal.

No nos enfrentamos al DSM, el pasquín de Occidente para darle juridicidad a lo inaprehensible.  El DSM es el germen de la racialización por donde las grietas admiten filtrar la oscuridad. Occidente fundó el DSM para acceder a un estatuto jurídico de la locura. De una locura que representa el asidero cloacal de las ignominias -violaciones, abusos, crímenes- que el Estado-psíquico-policial crea y sigue creando a través de la sofocación mental, económica y social.

Con lo residual de la extramoral, lo (in)sano, se define un arte povera, un arte bruto para Occidente: volver el concepto de locura un punto, un lugar que retroalimenta a la sociedad y que, asimismo, le es útil, le sirve de andamiaje a la ética de lo normal. Provocando escisión de “pertenencia social” entre los que gozan de buena sanidad mental y los que padecen enfermedades mentales, tal vez traducido así, a los “buenos ciudadanos” y los “ciudadanos salvajes”, los ejemplificadores y los que merecen el escarnio, el accionar policial.

Incluso el concepto de locura es fundamento de la ética de lo normal. Como señala Michel Foucault en su conferencia La locura, la ausencia de obra 1 “lo precario, mucho más precario que las constancias de lo patológico, es de hecho inalterable: la relación de una cultura [para nosotros Occidente] con lo que excluye”. Se vejan singularidades, se precarizan cuerpos, pero en razón de servicio: más espectacularización de la locura, más deseos de alcanzar sanidad mental. Así enlaza Occidente sus propias atrocidades, sus crímenes y disparidades, y las respalda en el libraco jurídico que es el DSM y el ideario, sea social, sea científico, sea militante que se prescribe acerca de la locura.

Hay una categoría (que apenas lo es, que apenas entendemos de ella) que es la inaprehensibilidad. No hay que engañarse con el modelo y la etiqueta de locura de Occidente, el estereotipo del chaleco, la cara desencajada, y la inaprehesibilidad. Lo inaprehensible se cobija en lo que no puede (o debe) ser pensado, medido o concebido racionalmente, es decir, que se mueve por fuera de cualquier justificación racional. Quizás se ha conseguido volver un motín la inaprehensibilidad como uno de los estados de la locura. El exceso de racionalidad y cuantificación desembocó en la locura como epíteto de lo inaprehensible. Pero la acepción más común de la locura, es la que le ha servido a Occidente para cometer su auténtico genocidio, expiarse y aferrarse a cierta moderada y aparente pulcritud.

Pulcritud y moderación que bajo el encierro manicomial, la higiene social permaneció y permanece a resguardo, inalterable, voluptuosa, majestuosa y de libre acceso a la circulación, a las calles limpias y a las plazas limpias en donde la comunidad se muestra al igual que en vitrinas aireando la idea de reproducción y familia como idea de felicidad.

Sobre nuestros cuerpos hay palimpsestos: números que glosan nuestra tristeza, números que pesquisan nuestra alegría. El anatema es el DSM y la locura panfletaria de Occidente. Pero nuestra condición, por sobre todas las cosas, es sortear los embates de que un nombre -incluso el nuestro propio- o una categoría con credencial epistémica pueda adjetivar algo, decir que tal cosa es. O de que una patología, gracias a valor semántico y social, nos vuelva canónicos, nos allane en patrones de conductas, de alegrías o de tristezas prefijadas. Si estamos rotos, aborrecemos a un Occidente descosido. O que nos cosa. Que nos cosa bajo la coerción, el abuso o la violación. Justamente es él, Occidente, el que invocó la palabra “locura”, la semantizó e institucionalizó para purgar anomalías. No es azaroso que en cualquier atrocidad venga adosada la etiqueta locura: un violador es un violador, pero a los ojos de la buena ciudadanía es, además de violador, un potencial loco. Por eso la locura no nos representa.

No somos mártires de ideologías. No nos inmolamos por parecernos a un poeta maldito o suicida, a un ciudadano exitoso o fracasado. Las utopías nos paspan las entrepiernas. Perdimos fiabilidad para el estatuto social solemne: núcleo familiar, autos que se asemejan a jabones, la composición de una genealogía paterna o materna. Nuestras muecas, nuestras actitudes, nuestros modus operandis eluden la predictibilidad. Sin embargo, no somos genios, ni honoris causa de la ocurrencia. Nuestras cuotas se remuneran por medio de la exclusión. Somos el hazmerreír del status quo. bajo la sospecha de que actuamos como una caja de pandora: temporadas de alegría y temporadas de tristeza. Nunca un continuum de funcionalidad. Nunca a la orden del ánimo estándar.

Nadie quiere una singularidad inaprehensible en el océano de la solemnidad, en la docilidad de la rutina, en la docilidad de la templanza. Nuestros asuntos son de burla (o, a estas alturas, deberían serlo), descreemos del pacto cívico-civil-solemne. Sin embargo: nos aburren las diversiones. Descreemos de los dispositivos de salud mental en donde nos distraen o entretienen mientras lo que nos vitaliza transcurre por fuera del encierro. O la contención, claro, pero siempre en la reclusión.

Nos alegramos de la nulidad de ser útiles y útiles a la producción en un mundo donde, por ejemplo, la igualdad cada día, será excepción, pero la eugenesia norma: hijos sanos, rubios, de ojos celestes. A menudo, no es una alegría laureada, que nos desborda, sino que a falta de condiciones para disfrutar de la afectación de vivir y de las alegrías, optamos por el cinismo y la indiferencia. Llorar de risa por aquellos que han ejercido violencia en situaciones de vulnerabilidad y nos piden que busquemos una profesión o un empleo en blanco. Reírnos de ellos -de los buenos ciudadanos- que pactan con Occidente, el DSM y sus eventuales consumos, simbólicos y materiales, y que fueron, como agentes de la normalidad, cómplices en ejercer el civismo-policial, cómplices en hacer caso omiso a los suplicios, a las violaciones, a los abusos, dentro y fuera de las instituciones. Estableciendo ellos, los buenos ciudadanos, vínculos moleculares de amos-esclavos, víctima-policía, en nombre de la credencial de ciudadano sano mental, física y moralmente, frente a la insania.

Hay quienes no(s) hablan. Hay quienes son (des)dentados o prefieren clavar la mirada en un punto fijo. Hay quienes viven en la catatonia-anomia o hilando palabras inconexas tras palabras inconexas. Hay quienes se disponen a dormir más que a mantenerse en vigilia. Hay quienes chupan pastillas como golosinas. O las escupen. Hay quienes las rechazan y priorizan internarse en el libertinaje de la mente, al compás de claroscuros y gloriosas epifanías. Hay, sí, singularidades que, en términos de régimen, en término de higiene-social-moral, son subordinadas bajo el designio de locura.

¿Acaso hay que repetir la perífrasis colonial del “derecho a la locura”? ¿Derecho concedido por quién? ¿El Estado? ¿La policía? ¿La psiquiatría? ¿No será, acaso, un pedido de “dejen de oprimirnos los sesos”? ¿No será, acaso, que no hay que pedir permiso, ni derecho a nada? ¿Acaso la industria farmacológica habla de derechos? ¿Los psiquiatras advierten sobre efectos adversos?

Roemmers, ¿está, estuvo preso?  Culpabilizar, probar errores y aciertos, depositar, ampliar el DSM. Buscar cultivar extractivismo en singularidades inaprehensibles para agigantar la locura que Occidente acuñó. Que esas singularidades recaigan a los malos augurios, al mal de ojos de la buena ciudadanía a fin de que la sociedad Occidental-binaria (que propaga lo lógico e ilógico, los cuerpos testeados y sanos, y los cuerpos sidosos e irrecuperables) con fines de conservar la supuesta sanidad mental para, como ladrón por la noche, cometer los mayores crímenes y (re)fundar su civilización y su buena conciencia moral. Dejando intacta así, a la máquina-psíquica/cívica-normal junto a los cómplices de la buena ciudadanía que velan, anclan y son premiados, y por aquellos a los que someten por revés y des-varían y, por ende, son aislados, recluidos o criminalizados en el sumario del DSM o derivados a prácticas paliativas que atenúan un hipotético peligro, arrastrando siempre las “buenas intenciones” a costa de anularte, social y singularmente.  Que velan y se desvelan (todos ellos: acompañantes terapéuticos, talleristas, psicólogos, psiquiatras) para que la industria farmacológica siga creciendo y para que la realidad siga siendo, también, un excremento a la que tengamos que catar igual.

Pienso, luego existo. Pienso en sofrosina, la virtud de la mente sana, moderada y equilibrada. Pienso sujeto a los dispositivos de la lógica, la mesura, la moral, el límite, mi yoismo público, íntimo. Pienso en el bien común. Pienso en el orden.

Pienso, luego existo: un hombre de saco y corbata, de profesión, padre, madre, responsable, devoto de San Cayetano, preocupado por las Islas Malvinas.

Pienso, luego existo: reproducir la (re)pulsión vuelta instinto de maternar o paternar. Michel Foucault, al respecto, decía: “El loco [para nosotros el inaprehensible] es aquel que se pone a prueba, que se reconoce a partir de ese doble sistema de exclusión que suponen las reglas de trabajo y las reglas de la familia, las reglas de la reproducción económica y las reglas de reproducción social” 2. Pero si simplemente existo y luego pienso. O no pienso.

No pienso y salgo a campo traviesa, como muchos que han salido al límite entre una ciudad y otra, caminando, así las buenas conciencias hacen averiguación de paraderos con sus aliados: la policía, el escrache de una foto que se adjunta con rasgos y patologías. Hay que alcanzar el punto neutro. ¿Cómo te llamás? Que carajo te importa, responder. O como Odiseo, responder: outis. Nadie, nadie, nadie.

No suscribimos a la razón, ni a las envergaduras moralizantes, y sí al desborde, nos entrometemos, no obstante, en lo sombrío ipso facto, inmediatamente en la impulsividad. Hoy te quiero y mañana te odio. Podemos, a los ojos de Occidente, volvernos inaprehensibles y rozar los actos posibles de la desmesura y de la criminalidad. La criminalidad de linchar a un policía, por ejemplo. De cobrar venganza. O a los que creen que encontrar a los que quisieron perderse, es escrachar con una foto, detalles de rasgos y la exposición pública de una patología.

Nos hemos vuelto parte de hybris, la desmesura, la arrogancia, el excesopara Occidente que es, a cada rato, a cada momento, un zapato que depende de un lustra botas. Los manicomios han sido preparados al igual que los campos de exterminio (la modernización de guetos psíquicos y físicos), como vía de suplicio a la estandarización y el escarmiento de la no-reproducción, sea proletaria, sea consumista, sea criminal, sea profesional. Nadie puede socialmente permanecer inmutable, off-side a la utilidad. Es tiempo de saber que lo inaprehensible, para Occidente, corre el riesgo de volverse criminal, objeto de atención del poder policial, de los chalecos químicos, o de los pares, sí, que son bienaventurados delatores. El lado B que el mismo Occidente, y el gran séquito de la buena ciudadanía se ha encargado de ocultar bajo la alfombra. Desde violaciones a torturas. De escarnios a dejar morir en el ostracismo.

Los manicomios (re)producen vigilancia y le son necesarias ratitas de ensayo y error. ¿Por qué nuestros cuerpos son palimpsestos? Porque en el encierro, sobre la altura de los muros, se han registrado con minucia cada conducta, cada estado de ánimo. El DSM ensancha sus hojas. Fuera y dentro por, sobre todo, de los manicomios. Es en el manicomio que la locura -vuelta dispositivo de lo inaprehensible- se cristaliza como enfermedad mental. “Se identifica el manicomio como un espacio judicial donde se acusa, juzga, condena y castiga a la locura [para nosotros, lo inaprehensible], aunque esta sea inocente en el exterior” 3. El manicomio es un anticuerpo al contagio. Porque Occidente teme una epidemia (a las pandemias, en cambio, las crea). Necesita antídotos de inmunidad. Por eso inaprehensible, en el perímetro de Occidente, equivale a enfermedad mental. Por eso enfermedad mental equivale a locura. Al DSM. A que cualquier persona que “te aprecie”, si desaparecés, sea cómplice en exponerte. En delatarte porque sabe de tus confesiones. Que ese que desapareció sos vos, pero no tan vos, sino vos y una patología.

Declaramos al concepto de locura como entidad psíquica de Occidente.

Declaramos lo inaprehensible como afectación de una singularidad en potencia.

Que las singularidades inaprehensibles vuelvan paranoicas a las sociedades occidentales y a los buenos ciudadanos, alude más al exabrupto narcisista de las sociedades occidentales y de los buenos ciudadanos que a las singularidades inaprehensibles.

Por eso la acuñación de la locura ha sido un dispositivo de exterminio y, sobre todo, la justificación de Occidente al desvarío de la razón y de su propia existencia.


Se agradecen las colaboraciones económicas al alias: berna1993


  1. Foucault, M. (1998). La locura, la ausencia de obra. En M. Foucault, Historia de la locura en la época clásica (J. J. Utrilla, Trad., Vol. 2, pp. 325-331). Fondo de Cultura Económica. (Trabajo original publicado en 1964). ↩︎
  2. Idem ↩︎
  3. Foucault, M. (1998). Historia de la locura en la época clásica (J. J. Utrilla, Trad.). Fondo de Cultura Económica. (Trabajo original publicado en 1961) ↩︎

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