La salud mental desde el auto-exilio.

En este artículo, Bernabé De Vinsenci, reflexiona sobre el “devenir ostracismo” para repensar el sentido de lo “patológico”. En filosofía se considera devenir al proceso constante de cambio, transformación y flujo que define la realidad, contrapuesto a la idea de un “ser” estático. Mientras que el ostracismo es el aislamiento, exclusión o marginación, ya sea forzosa o voluntaria, de una persona dentro de un grupo, contexto político o social.

Creo en un devenir «ostracismo» ante el establishment de toda estatus social, sea simbólico, psíquico o material: un traspaso al umbral de lo detectable. Un devenir que escape a la percepción bajo la premisa de lo inaprensible. Que no se nos pueda nombrar, definir, postergarnos más de lo que se podría. Y creo que ante el modus operandi de que lo inaprensible es subvencionado a modo de patología. Por esto prefiero el resguardo de la patología en post de un porvenir incierto y de no-futuro como modo de supervivencia antes que la llamada identidad, que de por sí es tiránica.

Vale decir entonces, que es en la identidad donde el poder se cristaliza, la identidad es al fin su dispositivo, su territorio en donde anclar la razón del poder, porque si de algo se sirve el estatus es de la mediocridad de la que cada oído poco aguzado, quiere escuchar: no hay nada más reconfortante que oír lo predecible. Entonces, no queda otra opción que opacarse pero no a sí mismo, sino opacarse a la demanda de la corrección, los buenos modales y la belleza canónica, es decir: a la exigencia del estatus.

Devenir «ostracismo» es ir tras la patología pero no tras el diagnóstico, la medicina, sino tras el saber propio de nuestras experiencias, encontrar el punto de fuga de las identidades en series, de los deseos de góndola y del espanto a lo vil o raro. Romper el mandamiento «amarás a tu prójimo» porque como deber moral es imposible como una utopía sosa y humanitarista. Lo que se presenta como su opuesto, su alternancia, es la afinidad de las pasiones alegres, las alianzas, esa molécula que a veces choca y a veces roza con otra molécula.

Devenir «patología», en el marco del ostracismo, no es babear por los chalecos químicos, sino volverse indecible al estatuto de clasificación ni siquiera como rareza o anomalía. Es volverse indecible para la clasificación de demanda del estatus como modo de aceptación, de vasallaje y pertenencia; y a la aceptación como al miedo de ser rechazado. La fuga es la alternancia al supuesto de identidad, de una idea de patria, de familia, de un hombre civil que no escapa al sufragio y a politiquería partidaria de sobremesa. Por eso reza el dicho «lo que no es clasificable, es patologizable».

Ya no hay que agradar ni al amo, ni a la mujer, ni al hombre. Hay que levitar en las afinidades mancomunadas, lejos de las galerías identitarias del baulero del capitalismo que sirven como dispositivo de reproducción. De modo que mi propio nombre es «otro», «yo no es yo ni siquiera siendo yo». Por lo tanto si «lo que no se puede clasificar, es patologizable», es preferible devenir «patología», pero no de la que dialogan los manuales de psicoanálisis ni de psiquiatría.

Devenir «patología» es ir más allá. Ir a un punto de fuga donde hoy me visto de negro sin estar de luto y mañana por estar de luto me visto de colores inarmónicos. Bajo la premisa de «lo que no es clasificable, es patologizado», se trata de la defensa de la patología que precede al ostracismo, o al devenir del ostracismo. Esto busca un modo de sortear el estatus de la identidad.

Hay que romper tal vez el estímulo-repuesta al que nos han acostumbrado a fin de no quedar en clasificaciones estereotipadas. Se pretende que seamos «rockeros que se miden los gustos como las pijas, en tamaños y coloraciones» y a nosotros el rock nos parece un cover que se repite de sus comienzos. Se pretende que seamos «punkis tira molotovs» y nos parece mejor hackear los software de los poderosos para blanquear información y extorsionarlos.

Occidente nos ha sometido en la dualidad, en la tiranía de la tribu y no hay nada más civilizado, legítimo y facho que la cohesión de una tribu para reafirmar el yo y la furibunda estupidez fascista del «nosotros». Y el yo, verdaderamente, ya no importa, como ya no importa el estatus, porque siempre cede y se adhiere en bloque a los blancos, los puros, a las conversaciones devenidas del consumo y al poder adquisitivo cuando lo que mejor esperamos o nos puede pasar es la sorpresa, lo impredecible.

Por eso el hábitat es el «ostracismo» no agradar al estatus mamarrachesco, sino generar afinidades con quienes nos potencian, acercarnos y alejarnos, volvernos suspicaces con eso, y procurar que no sean afinidades incondicionales, sino intermitentes pero potenciadoras y siempre en un no devenir identidad.

Devenir «ostracismo» es dejar las expectativas que el establishment guarda para nosotros en cada sociedad, en cada comunidad en pos de complacerla y terminar subidos a un escenario que no queremos. Ni nos hubiese gustado participar.

Si algo funda a Occidente, y si de algo no nos hemos podidos desprender, es de nuestra fragilidad yoica, y por ende, la creación de un enemigo, desde la identidad, para reafirmarnos en nuestra mediocridad. Por eso lo que cuenta acaso y al fin de cuentas, es el margen que no es periferia, sino un punto de fuga y un adentrarse al conducto de la afinidad, y sobre todo al escape donde los códigos pregonan la voz seductora de la elegancia mediocre.

Porque si hay algo que nos enamora, desde el ostracismo y el aval a la patología como no clasificable, ya no es la belleza del establishment ni sus variables, sino lo feo que existe en lo bello pero que cuenta más como feo, como una singularidad, algo que no sabemos qué es.

Creo que el ostracismo posiblemente escapa a la vida como copyright. Donde no hay autor, donde no hay horizontalidad ni verticalidad, ni amos ni esclavos. Sino, por sobre todo, afinidades que nos dan alegría y praxis vitales. Por eso devenir «ostracismo» es caer en la patología de lo inclasificable, porque nadie, ni nuestro nombre de pila, puede definirnos y si algo nos define nos pone en relación con el estatus, al centro o al margen, y lo que se quiere es la desconexión total para así no verse afectado por ese fantasmita que no es más que un poder de la aceptación y la pertenencia sí, pero de asuntos no importantes, salvo para el capitalismo y su esplendor.

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